miércoles, 2 de octubre de 2024

Abrazos sinceros

Dicen que los abrazos más sinceros ocurren en los aeropuertos, las estaciones y los hospitales. 

El viernes fui a esperar a mis padres a la estación y, debido a un retraso de su tren, me tocó esperar media hora. Lo que se presentaba como una espera aburrida terminó siendo emocionante para mí, ya que mientras esperaba sentada me dediqué a observar a las personas que tenía a mi alrededor.

No sabría decir cuántos reencuentros presencié, ya que había bastante gente, pero sí puedo asegurar que eran abrazos de esos que te tocan el corazón.

Unos niños corriendo hacia sus abuelos que los esperaban ansiosos, un niño gritando "mamá" al ver a su madre salir del tren, una pareja que se fundía en un abrazo mientras se decían lo que se habían extrañado...

Pero también presencié la otra cara: la de las despedidas.

Un grupo de amigos que habían coincidido para sus vacaciones y ahora regresaban a su hogar, una niña abrazada a su padre vestido con uniforme militar y una chica llorando incapaz de soltar a su pareja.

No pude evitar sonreír al recordar todas las veces que lloré en una estación de autobús en los últimos años y cómo ha cambiado todo desde entonces.

Tampoco puedo evitar un nudo en la garganta al traer a mi memoria los recuerdos de los abrazos dados en hospitales, esos que nunca quieres tener que dar ni recibir pero que van llenos de dosis de cariño, apoyo y comprensión.

Por suerte, hace bastante que no doy uno de estos últimos y que no tengo que despedirme por un tiempo que se hace eterno en estaciones, aunque esto me ha demostrado que el tiempo es relativo y que cada persona lo vive de distinta forma.

Todavía sigo llorando a veces en una estación, a pesar de saber que volveré en un par de días, y aún me sigo emocionando al recordar cuando subía del andén al vestíbulo de la estación y veía unos brazos listos para rodearme en un abrazo lleno de calidez.

Pienso en cómo ha cambiado mi vida desde entonces, pero a su vez en cómo hay cosas que se mantienen constantes. Puede que ahora el vestíbulo esté vacío, pero fuera hay un coche y, dependiendo del día, una o dos personas esperando para llevarme a casa sin darse cuenta de que en cuanto subo a ese coche y veo sus rostros ya estoy en casa 

Puede que, a fin de cuentas, no tenga tanto que ver con el lugar, sino con quién te espera al otro lado para abrazarte y recordarte el significado de la palabra hogar.

viernes, 31 de mayo de 2024

Tiempo

Siempre he escuchado decir que "el tiempo es oro", pero hace un par de semanas leí en un muro la frase "ya le gustaría al oro ser tiempo".

También se dice que "el tiempo vuela". Como si fuese un parpadeo, agua escurriéndose entre las manos.

Y así es.

El tiempo es algo que nunca vuelve, eso que a veces pasa y ni nos damos cuenta de que está ahí y, en cambio, otras veces podemos percibirlo como el tic-tac de un reloj en nuestro oído, como una cuenta atrás.

Eso que a veces parece que sobra y otras que aprieta y ahoga. Eso que no se detiene por nada ni por nadie.

Muchas veces vivimos en automático y no nos paramos a mirar a nuestro alrededor, a reflexionar sobre el uso que le damos a nuestro tiempo o sobre en qué o quién lo invertimos o gastamos.

Hace unos días le daba vueltas a todo esto pensando que iba a cumplir 30 años y que mi vida no se parecía en nada a la que hace unos años imaginaba que tendría cuando cumpliese los 30, y eso me generó sentimientos encontrados: ¿por qué ponerme una edad como meta? ¿Por qué hacer el balance ahora? ¿Iba a cambiar algo del domingo con 29 al lunes con 30? ¿No haber conseguido los objetivos que me puse en un momento vital totalmente distinto es un fracaso?

La verdad es que no, no cambia nada ni supone un fracaso. Me he dado cuenta de que no quiero verme dentro de unos años pensando que me faltó tiempo para reír, para abrazar, para decir te quiero o, incluso, para llorar. Tiempo para probar y acertar o fallar. Tiempo para disfrutar de los míos. 

Tiempo para vivir.

Ahora estoy pensando en la frase de aquel muro que leí mientras paseaba y, sí, el tiempo es tan valioso que ya le gustaría al oro ser tiempo.

martes, 12 de septiembre de 2023

Mientras (me) olvidas

Quisiera poder detener el tiempo. Agarrar las agujas del maldito reloj e impedir que las horas avancen, que los segundos dejen paso al olvido.

Te marchas, tu mente vuela lejos de mí y cada vez me cuesta más traerte de vuelta. Trato de atrapar tus recuerdos pero estos se escapan entre los huecos de tu memoria mientras yo me quedo aquí, deseando poder encontrar algo que me permita ganar una guerra que desde el minuto uno estaba perdida.

Mientras (me) olvidas me quedo observando impotente como tu luz se apaga, como dejas de ser tú, sin entender porqué está pasando esto, queriendo cerrar los ojos y ser yo la que olvide que esto es real. Imaginar que es una pesadilla y que cuando despierte nos quedará todo el tiempo del mundo por delante para crear recuerdos que no se desvanecerán a cada rato.

Te asustas de la oscuridad que empieza a habitar en tu memoria y me pides respuestas que no tengo. Soluciones que aún están por inventar. Busco en mí una valentía que tal vez nunca existió, una fuerza que se resiste a aparecer, una versión de mí misma que me permita ser ese soporte que ahora necesitas, ese faro en medio de las brumas de tu olvido.

Mientras (me) olvidas me he convertido en una atesoradora de recuerdos que vive con el miedo de dejar escapar algo, de arrepentirse de no haber exprimido cada minuto de este tiempo de descuento.

Mientras (me) olvidas maldigo a esta enfermedad, le grito que no es justo y trato de mantener en tu memoria todo lo que me has enseñado. Nuestras excursiones, nuestra parada obligatoria en el kiosko, las patatas en la comida, las mañanas en el videoclub y las tardes de películas, esas que me grababas y que yo luego veía una y otra vez. 

Los discos sonando en el coche, esos que tanto odiabas pero que por verme cantando feliz ponías una y otra vez hasta que terminábamos cambiando a Fondo Flamenco y RBD por The Beatles y entonces era yo la que disfrutaba de tu sonrisa.

Las calles de Bilbao llenas de anécdotas de tu infancia, esas que rescatan tu acento vasco y ponen un brillo especial en tu mirada. Las vacaciones en el camping, visitando lugares junto a ti. Los paseos en coche, siempre dispuesto a llevarme porque eso significaba vernos. Tu preocupación y tus abrazos cuando estaba perdida, tus preguntas y tus consejos siempre tratando de ayudarme.

Tus chistes malos y tu risa aunque fuese la décima vez que los escuchabas.

Las llamadas diarias a las dos y los te quieros al colgar...

Toda una vida. 

Y yo tratando de ganarle el pulso al tiempo hasta que mi nombre desaparezca de tus labios. Hasta que olvides quién soy o quién eres tú. Hasta que olvides qué significa nuestro te quiero del mediodía.

Pero a pesar de todo esto sé que hay algo que nunca podrá arrebatarme tu enfermedad, y eso es mi propio recuerdo. Todo lo que significas para mí, todo lo que hemos vivido.

Me olvidarás pero yo seguiré recordando que eres una de las personas que me dio la vida.

Olvidarás que me quieres y que te quiero pero yo no dejaré de hacerlo por los dos.

Dejarás de pronunciar mi nombre pero seguiré sosteniendo tu mano entre las mías y te guiaré cuando olvides el camino.

Mientras (me) olvidas yo tejeré una red para sostenerte, guardaré tu memoria como un tesoro y recordaré por los dos.

Mientras (me) olvidas te abrazaré fuerte para mantenerte aquí conmigo, robándole al tiempo todos los momentos que pueda.

Mientras me olvidas yo te recordaré, papá.


sábado, 20 de mayo de 2023

Hablemos de miedos...

 Miedo.

Una emoción que debe ser funcional pero que me lleva acompañando desde hace tanto que ni recuerdo. 

Antes pensaba que era parte de mí, como siameses o como una simbiosis en la que su papel era el de protegerme. Y en cierta manera es así, solo que es un tipo de protección que lo convierte en un parásito que todo lo destruye.

Miedo a perder, a ser rechazada, a no gustar, a hacer algo mal, a hacer sentir mal, a hacer ruido... Esa es la falsa protección, un intento imposible de ser perfecta que lo único que ha hecho es volverme egoísta y que todo se resuma en miedo a vivir.

Y estoy tan cansada...

Que lo único que quiero es cerrar los ojos y apagar mis pensamientos, esos que a veces corren tanto como las gotas de lluvia en una ventana. Parece que estén escapando... Y yo también quería escapar. 

Sí, en pasado. 

Porque me di cuenta que no hay escapatoria posible de mí misma y que lo mejor era sentarme con mi miedo y que hablásemos de tú a tú, con las cartas sobre la mesa y sin reproches.

Qué fácil suena cuando lo lees... Porque hasta ahora me he limitado a dejar que me susurre siendo consciente de la caída en picado que me estaba suponiendo y sin hacer nada más que poner parches de vez en cuando para bajar la velocidad, como una espectadora más a la que alguna vez le da por ayudar. 

Disociación lo llaman... Y es una zona de confort que a veces salva y que puede ser hasta cómoda, pero de la que hay que salir cuanto antes. Y yo esta vez no he salido por mí misma, sino que he dejado que los diques de contención de mi mente se resquebrajen hasta casi romperse, dejando salir tantas fugas que es imposible taparlas.

Y por una vez no quiero... Por una vez he tenido que parar, pero parar de verdad, y atender lo que mi cuerpo me estaba diciendo. Y ahí es cuando he conocido otro tipo de miedo que ha hecho que todo desaparezca. 

Un miedo físico, real y objetivo, acompañado de un dolor que hacía que el resto dejase de importar. Y no es que el otro miedo no sea real, porque lo es, es que el otro miedo no es objetivo, no tiene una razón de ser actualmente, aunque sí la tuviese en el pasado.

Y por eso decidí hablar con él:

"Hola miedo, soy yo. Somos yo. Y me estás (estoy) destruyendo. Este nuevo miedo me ha hecho comprender el daño que me haces, me ha hecho sentir viva y con fuerza para cuidarme, que es todo lo contrario a lo que tú me haces sentir. Sé que me quieres proteger pero lo único peligroso que hay en mi vida ahora mismo eres tú. Y necesito que me sueltes y me dejes volar. Sé que todo lo que temes sucedió en el pasado, pero sobrevivimos. Y lo volveremos a hacer si hace falta. Te agradezco toda la protección pero ya no la quiero, porque me estás impidiendo ser yo misma, disfrutar de lo que tengo y ser feliz. Y porque si seguimos así no habrá vuelta atrás y me perderé a mí misma, me estás destrozando... 

Y por eso he decidido decirte adiós y no esperar que lo entiendas, porque eso no funciona, sino echarte, arrancarte de mí y dejarte ir".

Al miedo esto no le gusta, se resiste, aprovecha que estoy cansada, pero olvida que soy terca y que estoy decidida. Ojalá decir que ha sido como arrancar una tirita, pero no es así de fácil. El miedo sigue ahí, solo que ahora lo ignoro en la medida de lo posible y dejo que los diques se rompan, que aparezca la tristeza y limpie todo a su paso dejando paso a la calma. Me permito llorar porque tiene que salir, igual que me he permitido parar porque mi cuerpo lo necesitaba y mi mente lo suplicaba. 

Paso a paso, un pensamiento cada vez y permitiéndome fallar y tropezar, aunque no caer. Ya estoy caída, ahora toca levantarse y sanar unas cuantas partes de mí que necesitan ser escuchadas y mimadas desde hace mucho tiempo, y me permito también abrir heridas para perdonarme, perdonar errores de hace mucho que se han enquistado y que tienen que sangrar y doler para sanar, pero doler de forma efímera, no como un regodeo en el barro. 

Y, por último, me permito salir de mí y escuchar a los demás, disfrutar de la gente que me rodea y que me quiere, de las pequeñas cosas, salir a la vida, ser feliz... Y disfrutar del simple hecho de poder caminar.

Y después...

Lo que venga después da igual. 


martes, 6 de diciembre de 2022

Siempre tuya

 Ya no estás. 

Y todavía no me lo puedo creer. 

El único consuelo es saber que estás con otros dueños que te van a cuidar. 

Pero ya no estás conmigo. Ya no puedo oírte ladrar, bajar a abrazarte, sentarme para que coloques tu cabeza en el hueco de mi brazo y te subas encima para luego acurrucarte, pasar las horas hablándote o simplemente en silencio, dejar que me consueles cuando todo se tambalea, jugar contigo o verte saltar de alegría cuando me ves.

Te has ido. 

Y no paro de repetírmelo, y cada vez duele más. 

No he podido despedirme, no he podido decirte que no estaba en mis manos hacer que te quedases, que no te estoy abandonando, que lo que para muchos es "solo un perro", para mí ha significado familia, porque eso es lo que has sido, familia. Un pilar fundamental en mi vida, un apoyo lleno de amor y lametones. 

Nunca has sido mía, pero yo siempre fui tuya. Y siempre lo seré.

Y por eso haré todo lo posible para volverte a ver, aunque sea una vez más.

Te quiero pequeña, ojalá seas tan feliz como lo has sido estos 6 años que hemos estado juntas. 

Hasta que nos volvamos a encontrar, Tesis 💚🐾✨





jueves, 24 de noviembre de 2022

Perdida y agotada, pero LIBRE

 Estoy en una de las épocas más cambiantes y complicadas de mi vida, una época de tomar decisiones difíciles para poder avanzar en mi proceso de cambio hacia la versión de mí que quiero ser. No sé muy bien quién soy ahora, me encuentro con un "yo" que no reconozco, una Andrea que por fin ha salido de todo lo que supuso el TCA, encontrándose con una depresión después y que ahora anda perdida, intentando recomponer todas esas partes que después de tantos años de lucha están desperdigadas. Tal vez esa sea la definición perfecta: perdida. Y agotada en cierto modo. Han sido casi 15 años luchando contra un trastorno que casi me destruye por completo, 15 años de maltrato hacia mí misma, de autoboicot, de odio. Pero he salido del infierno y ahora más que nunca cobra sentido la frase de tocada pero nunca hundida, porque tocada estoy un rato. Y es que el trastorno y un pasado solo procesado a medias han dejado marcas en mí, heridas profundas que he decidido curar. Y para curarlas he tenido que abrirlas por completo y dejar que sangren. Y eso duele. Mucho.

No sé si lo estoy haciendo en el momento más adecuado pero sí tengo claro que es ahora o nunca, y ese nunca significa quedarme con esta versión de mí que tan poco me gusta. 

Tengo tantos frentes abiertos que siento que no puedo asumir más, pero siempre se puede, aunque conforme añado más cosas voy sintiendo que estoy llegando a mi límite, un límite que no tengo claro dónde está ni qué pasará si lo rebaso.

Prometí cuidar a mi niña interior y no pasar por encima de mí misma nunca más y sigo incumpliendo mi propia promesa. He mejorado, sí, pero no es suficiente.

El hecho de tener que tomar decisiones difíciles hace que me agote, pensando en todas las posibilidades. Y sí, sé que lo ideal sería no anticipar nada, pero necesito sentir cierto control, cierta seguridad, para mí todavía es pronto para saltar sin mirar si abajo hay agua o cemento, todavía necesito tener cuidado, todavía existe ese miedo a que la recuperación sea un sueño y caiga de nuevo.

Y aún así, a pesar de todo esto, a pesar de que no sea fácil, a pesar de sentirme agotada y perdida, por primera vez en 15 años siento que el control de mi vida lo tengo yo y no la enfermedad. 

Y eso, por mucho que duela a veces, es liberador.


viernes, 29 de julio de 2022

Vínculos

Según la RAE, un vínculo es "una unión o relación no material, especialmente la que se establece entre dos personas", y eso es lo que he hecho estos cuatro últimos meses: formar vínculos, en este caso, terapéuticos. 

Han sido cuatro meses de prácticas, de descubrir muchas cosas de mí misma y, sobre todo, de aprendizaje, aunque en este caso creo que a pesar de haber aprendido mucho de mis colegas, las que más me han enseñado han sido las pacientes. No voy a mentir diciendo que fue fácil, porque no ha sido así, ha habido momentos duros, momentos de verme reflejada, de estar tan cerca de la enfermedad que su voz volvía a susurrar en mi mente y tenía que luchar para callarla. Momentos de miedo, de pensar que no podría dedicarme a esto, que la enfermedad volvería si lo hacía. Pero no ha sido así, he podido negarle de nuevo la entrada a mí vida y he podido seguir, aunque creo que por fin he dado con la respuesta a si esto tiene cura... Bien, la respuesta para mí es sí pero no. Me explico: considero que estoy curada pero sé que la enfermedad sigue ahí, unida a mí por un hilo casi inexistente que se niega a romper (o tal vez me niegue yo, no lo sé). Así que hoy por hoy mi respuesta es esa; sé que vivo sin ella pero que a veces volverá a susurrar(me) y tendré que expulsarla lo más rápido posible para impedir que se haga fuerte otra vez. Claro que esto solo es mi realidad, no es una verdad universal y cada persona es un mundo.

Esta es sólo una de las muchas preguntas que estos meses he podido responder(me) y, al hilo del título del post, si tuviese que quedarme con algo, sería con los vínculos que he ido formando con las pacientes y con algunas compañeras.

He visto a las pacientes reír, llorar, enfadarse, tirar la toalla y luchar, sobre todo luchar. Me he sentido frustrada, preocupada, orgullosa y mil cosas más que nunca imaginé. Son unas guerreras, algunas de ellas unas niñas todavía, que han tenido que madurar demasiado pronto y en muchas ocasiones a base de golpes, tanto físicos como emocionales. He tenido el honor de estar en una parte de su proceso, de ver cómo se abrían a mí, de abrazarlas incluso, porque a veces a pesar de que esto sea una relación terapeuta-paciente, el abrazo es necesario y sana más que las palabras. He estado en sus días buenos, esos en los que tanto me han hecho reír, me he sentido cuidada también por ellas con sus preguntas sobre qué tal estaba y me han hecho sentir que a pesar de su lucha les importaba mi respuesta.

Pero también he vivido la otra cara, la de la enfermedad. Sus malos días, la ansiedad y desesperación, las lágrimas, el dolor y sus "no puedo más, no quiero seguir", esos en los que yo tenía miedo por un momento, miedo de que fuese verdad aunque todo en mí gritaba que sí podían, que solo tenía que sostenerlas mientras encontraban la fuerza para levantarse. Y qué frustración genera eso, el no poder hacer que se vean a sí mismas como las vemos el resto: mujeres fuertes, valientes, valiosas, inteligentes y hermosas por dentro y por fuera, con una capacidad inmensa para brillar con luz propia que aún tienen que descubrir; mujeres que tienen mucho que aportar al mundo, pero a las que la enfermedad tiene cegadas, como si el TCA fuese una araña y ellas la presa atrapada en la tela, una tela suave que parece incluso bonita, pero cuya verdadera cara es todo lo contrario, es la destrucción en estado puro. Me pongo a pensar y recuerdo que yo estuve presa de esa araña, que esa tela fue mi refugio durante demasiados años, tantos que sé que las consecuencias las voy a arrastrar siempre. Y me gustaría ahorrárselo, salvarlas de todo eso, pero sé que no puedo, que es su lucha y que inevitablemente van a sufrir, aunque sí he podido acompañarlas y sostenerlas durante estos meses cuando caían agotadas, cuando necesitaban un respiro de la guerra interna que libran, una escapatoria de los demonios que habitan su infierno personal. Y me siento satisfecha de saber que lo logré, de haber podido tener con cada una de ellas esa última conversación sin las limitaciones que supone ser su terapeuta, esa despedida tan necesaria y en la que pude abrirme por completo y decirles que yo sí creo en ellas, que saldrán de esta y que les doy las gracias por haberme dejado entrar en su mundo, en su enfermedad; y no sabéis lo satisfactorio que es escuchar que les has dado fuerzas, que lograste espantar a sus demonios más de una vez, y ojalá pudiese acompañarlas hasta el final, pero no es posible, así que solo me queda darles las gracias: gracias, chicas, no creo que lleguéis a leer esto, pero sois fantásticas y ojalá algún día, más pronto que tarde, os deis cuenta de que tenéis la fuerza y la capacidad suficiente para derrotar al monstruo del TCA y salir al mundo con esa luz que brilla en vuestro interior y que, aunque débil a veces, sigue parpadeando, luchando sin cesar.



sábado, 7 de mayo de 2022

Vivo con un monstruo

Vivo con un monstruo.

Vivo en una cueva con un monstruo que me agarra de las piernas y no me deja salir.

Veo la luz, la veo, quiero ir hacia ella, pero algo me coge mis extremidades insistentemente. No miro hacia atrás, no miro. Me da miedo verle, me da miedo que su cara sea la más horrible que habita el planeta, que sea un rostro conocido o, peor aún, que sea yo misma.

Hace tiempo que cada vez estoy más al fondo de la cueva, cada vez un poco más socavada, un poco más perdida, un poco más inerte.

Con sus ponzoñosas garras me desgarra la piel de las piernas, me duele cómo actúa, me duele lo que dice. Me duele él.

Con su voz me hunde más en la desesperación, me susurra lo débil que soy, lo poco que valgo, lo nada que importo.

Me invita a alejarme, a desprenderme de todo y de todos, a quedarme sola con él. Mientras él se hace más grande por cada victoria que yo voy perdiendo.

Me dice cosas feas, insinúa que nadie me quiere, que la gente es mala y traicionera y que yo soy una ingenua, una tonta y que merezco todo lo malo que me pasa. 

Este monstruo que me acompaña parece que a veces desaparece, dejándome dar unos pasos en falso para después volverme a arrastrar de nuevo. 

No es la primera vez que lucho contra él, sé que lo puedo vencer, que se puede ir. Pero ahora me cuesta más, noto que cada vez tengo menos fuerza y él, en cambio, es insaciable e imparable.

Aún así, lo peor de este monstruo es saber que lo he creado yo, que es fruto de mis vivencias y mi esencia. Que está compuesto de un mosaico de mí.

Este monstruo no me deja y no siento que no tengo herramientas para vencerle, al menos no por ahora. Me da miedo caer al fondo de la cueva, me da miedo que el monstruo me fagocite y que definitivamente se quede todo a oscuras.


[Texto sacado de la página de We Lover Size que narra la experiencia de una lectora con la depresión y la ansiedad]

lunes, 28 de febrero de 2022

Adiós

 Adiós.

Cinco letras que encierran incontables emociones y un significado: se terminó.

Y qué difícil es a veces pronunciar esas letras. 

Hoy me despido de mi lugar seguro, aquel que apareció de la nada y que ha sido mi refugio secreto durante los últimos cuatro años. Mi remanso de paz cuando todo en mi interior estaba en guerra. Mi sostén cuando todo se tambaleaba.

Es complicado encontrar un lugar seguro en el que refugiarte cuando todo te pesa, cuando los monstruos te aprietan tanto el nudo en la garganta que apenas puedes respirar. 

Mi lugar, a ojos ajenos, es una ciudad y, en medio de ella, un piso. Para mí ha sido un lugar físico y mental, un sitio al que viajar para reencontrarme. Bastaba solo con llegar para que mi mente se quedase en silencio, para que hallase la calma en medio de la tormenta. 

Y sé que para muchos suena a locura, porque si observas mi vida verás que no me falta de nada: tengo una casa, alimentos, posibilidad de viajar, de estudiar y gente que me quiere. Y por eso es tan complicado de explicar, porque el problema no es visible, el problema soy yo. O, más bien, todo el daño que (me) he hecho. He pasado media vida autodestruyéndome, avanzando sin pararme a observar(me), intentando autoconvencerme de que si no pensaba en ello, todo lo malo desaparecería. 

Pero no.

Todo sigue ahí, como si se hubiese estado acumulando hasta explotar provocando un derrumbe. Como si yo fuese el Titán Atlas tratando de sostener mi propio mundo sobre mis hombros mientras intento mantener el equilibrio y evitar todos los escombros que caen y amenazan con tirarme. Como si fuese una ficha de dominó que se niega a caer mientras sostengo todos los pedazos que forman parte de mí y trato de incorporarlos porque no hay más opciones. Ya no hay nada más, todas las alternativas se agotaron hace tiempo y solo queda dar el salto. 

Tal vez lo 'peor' de todo esto es que el salto implica cosas buenas, y digo lo 'peor' porque es muy triste sentirse así cuando el cambio va a ser mejor, sentir miedo de dejar atrás todo cuando precisamente estás dejando atrás lo malo. A veces siento como si unas manos tirasen de mí para impedir que avance, y tal vez sea así, tal vez esas manos son las manos de esa parte de mí a la que yo llamo monstruo y que en realidad solo es una niña temblorosa que me grita que no quiere arriesgarse, que si doy un paso hacia arriba corro el peligro de perder el equilibrio y caer. 

Y abandonarla de nuevo.

Pero no 

Y es ese "pero no" lo que trato de hacerle entender a la niña, que puede que todo salga mal pero esta vez no voy a soltarla, no voy a dejarla sola frente a los demonios, porque ahora que por fin la veo mi intención es protegerla y demostrarle que no voy a hacernos más daño. No puedo prometerle que no sufriremos, pero sí que lo afrontaremos como un todo. Porque eso es lo que somos, la niña es una parte de mí aunque hasta ahora yo solo veía un monstruo cuando la miraba y me empeñaba en luchar contra ella y matarla. 

Pero no se puede matar algo que forma parte de lo más primario de tu ser. Ni quiero, aunque he de reconocer que descubrir la realidad de "mi monstruo" ha puesto todo patas arriba en mi interior, ha hecho que el caos sea más caos, si es que eso tiene algún sentido. 

Me siento muy perdida, soy una adulta que necesita tomar decisiones pero a la vez tengo que lidiar con todo el daño que me hice, con todo lo que me hicieron creer sobre mí y que resultó no ser verdad, con esa parte de mí que me esforcé en ignorar y que ahora, justo cuando no hay tiempo, reclama mi atención. Creo que podría decirse que la realidad me ha dado tal hostia que me ha hecho abrir los ojos de golpe, unos ojos que no sabía que tenía cerrados, al grito de "¡ESPABILA, JODER, TE NECESITA(S)! ES AHORA O NUNCA". 

Ahora o nunca. ¿Cómo he podido estar tan ciega? ¿Cómo he podido pensar que me merecía todo el daño que me he hecho? ¿Cómo he dejado que me hiciesen creer que no era digna de amor, que no merecía la pena, que no era hermosa ni válida? ¿En qué momento me convencí de que era mejor seguir en el infierno porque es algo que ya conozco antes que saltar y vivir? 

La respuesta es que no lo sé, aunque tengo la sensación de que últimamente esa es mi respuesta para muchas cosas: NO LO SÉ. Y es la verdad, ahora mismo no sé muchas cosas pero estoy en el camino de aprender, aunque la realidad me grita que debo darme prisa, que el tiempo se agota.

Que ya no hay sala de espera, porque eso es lo que era mi lugar seguro: un remanso donde aprender, donde quererme y sanar las heridas que comenzaron a sangrar cuando yo ya creía que eran cicatrices cerradas. Cada kilómetro recorrido es una punzada, una lágrima que esa niña asustada derrama mientras súplica volver. 

Pero no podemos. No puedo vivir en pausa, el tiempo de llorar todo lo acumulado ha terminado y es hora de aceptar mis errores, perdonarme y dejarlos atrás para seguir avanzando y no repetirlos, así como también es hora de asumir las consecuencias de esos errores y tratar de reparar el daño. Ya no puedo dejar que esa niña tome el mando, tengo que enseñarle que soy yo, la adulta, la que va a tomar las decisiones y la que se hará cargo de protegernos si algo sale mal. Tengo que encontrar todas esas partes fuertes, seguras y capaces que sé que viven en mí y que han estado sepultadas bajo las ruinas de mi autodestrucción para que vuelvan a brillar y a gritar al mundo "pude, puedo y podré". 

Así que adiós, mi preciado rincón de paz, sé que volveré algún día con las heridas cerradas y en paz conmigo misma. Gracias por todas esas primeras veces que me has regalado, que han sido muchas más de las que nadie se podría imaginar. Me has dado todo lo que podías darme, un espacio donde he reído pero también he llorado mucho, aunque incluso lo malo se sentía menos malo allí y el miedo se transformaba en seguridad. Y es que en eso consiste un lugar seguro, en un sitio donde el dolor se hace más llevadero y en donde la oscuridad deja de ser tan negra y se convierte en gris. 

Me despido sabiendo que volveré a recorrer tus calles y que las paredes de ese piso, que a pesar de no ser mío he llegado a llamar hogar, se quedan en mi mente para proteger a esa niña que en su interior se sentía menos asustada. Y, sobre todo, me voy feliz de saber que el amor que me ha guiado estos años por esas calles se viene conmigo en esta nueva aventura.

Adiós y gracias.





viernes, 11 de febrero de 2022

Mi monstruo y yo

Otra vez aparece. De esas múltiples maneras en las que lo hace.

A veces es una voz, a veces es una sensación que me provoca escalofríos... O a veces es un pensamiento que me susurra la palabra 'fracaso'.

Otras veces se disfraza de culpa, o de vergüenza. La mayoría se viste de miedo, pero otras veces cambia de ropa. Le gusta mucho el traje de la tristeza.

Nunca se viste de sonrisa. Ni de tranquilidad. Ni de seguridad.

Antes intentaba escapar cuando notaba que me perseguía. Y me escondía en aquellas cosas que me hacían olvidar su presencia.

Y hacía cualquier cosa para evitar oír su voz. No comía, me cortaba, vomitaba, me volvía desconfiada, me obsesionaba con cualquier gilipollez... Me enganchaba de cualquier persona o cosa que me hiciese daño, solo para poder sentir algo intenso que evitase que pudiera escuchar al monstruo.

Porque lo que me decía me asustaba tanto, que prefería cualquier otro sufrimiento al sentir su presencia.

Y huía, claro que huía. Porque fue lo que aprendí a hacer y nadie me había enseñado que podían existir otras opciones.

Hoy me sigue asustando el sonido de sus pasos acercándose. Pero comprendí que no se iba a ir hasta que me parase y le mirase. Hasta que le dejase contarme qué es lo que necesita. Hasta que entendiese qué es lo que puedo hacer por él, para liberarlo de la cárcel en la que lleva metido todo este tiempo.

En la cárcel en la que yo misma le ayudé a encerrarse.

Y supe que debía encontrar la llave y acercarme sin temblar, o temblando. 

Solo para entender, al fin, que ese monstruo soy yo. 

Que tiene el mismo o más miedo.

Que esa voz que me susurra es la voz de una niña que llora pidiéndome que la proteja y que la salve, de una adolescente que me pide que la mire y que la escuche. 

Y he decidido intentarlo, cogerlas de la mano y detenerme a observar(me). Y he entendido que debajo de todos esos oscuros pensamientos se esconden el miedo y la necesidad de ser abrazadas y comprendidas.

De ser amadas y aceptadas.

De amar(me) y aceptar(me).

Pero para eso tengo que dejar de luchar y simplemente sentarme junto a ellas, junto al monstruo cuyo aspecto no es otro que mi reflejo. Y qué miedo da hacer eso, cómo duele descubrir que huías del dolor haciéndote daño a ti misma de mil formas, solo para que el sufrimiento que te provocabas fuese tan fuerte que ahogase aquel del que intentabas huir. 

Parece una ironía, pero en realidad ha sido tu forma de sobrevivir durante casi toda tu vida. Y aquí estás, sintiéndote perdida cuando recién acabas de encontrarte. Cansada de huir, buscando la manera de dejar de destruirte. 

Y cómo duele, joder. Pero, por una vez, ese dolor es necesario.

Porque solo así dejaremos de correr y de sentir que estamos en peligro.

Solo así, empezaremos a ser libres y podremos dejar de sobrevivir para empezar a vivir. 

Solo así, algún día, te mirarás al espejo y descubrirás que el monstruo se ha ido, que ya no escuchas su voz, que al otro lado 'solo' estás tú.

Tú y el silencio. Tú y la paz.

Y entonces te darás cuenta de que ya no duele. 

Y sonreirás, abrazándote sin culpa, sin miedo y sin reproches. Sintiéndote tranquila, respirando sin sentir un nudo atenazando tu garganta. Viviendo. Amándo(te).

Siendo libre.


[Texto adaptado a partir de un texto de Paula Marín]



martes, 30 de noviembre de 2021

30N

 "Contarlo fue lo peor. Decir en alto que había vuelto a caer fue como confesar el peor pecado del mundo. A cada palabra sentía que me partía por dentro. Me abrazaba a mí misma por miedo a romperme en pedazos, sin entender todavía que ya me había destruido. Una vez más. Ya está, había jugado mi partida y había perdido, mi barra de vida estaba prácticamente vacía y ya no tenía fuerzas ni ganas para seguir luchando. El monstruo había vuelto, aunque tal vez nunca se fue, puede que incluso ese monstruo sea yo. Estoy en el infierno y lo peor es que lo siento como mi casa, como si los demonios que me acosan fuesen viejos amigos; amigos que me susurran sin descanso palabras llenas de odio que vuelvo a creerme. En mi mente ya solo hay cansancio y números, cifras que me gritan la palabra "gorda", que me dicen que soy una decepción, un fracaso. Se burlan recordándome que he fallado a todo el mundo. De nuevo. Mientras que yo solo quiero cerrar los ojos y dormir".


Esto lo escribí en 2015 y decidí guardarlo junto a las fotos de ese año para recordarme el lugar al que no quiero volver. Al final me rendí, dejé de luchar cuando entendí que la guerra era contra mí misma y que seguir luchando me llevaría a perder(me) de nuevo. Sentía que ya no había salida y decidí dejarme ayudar y cambiar de estrategia, empezar a quererme y a aceptar a esos demonios. Tampoco fue fácil, e incluso a veces dolía más que mi lucha anterior, pero poco a poco comencé a escuchar a esa niña que lo único que me pedía era atención y amor propio. Y entonces los gritos de los demonios se convirtieron en susurros, hasta que se hizo prácticamente el silencio, y he dicho prácticamente porque a día de hoy todavía hay momentos en los que puedo oírlos, solo que ya no lucho contra ellos, ahora les digo que entiendo el porqué están ahí, pero que ya no son necesarios. A veces se van rápido y otras tardan un poco más, pero esta vez sé cómo tratar con ellos sin destruirme a mí por el camino. Y sé que, si algún día dejo de poder, pedir ayuda no me convierte en un fracaso ni en una decepción, sino en alguien que quiere seguir viviendo, aceptándose y queriéndose.

Un año más, recuerdo este día:

#diainternacionaldelaluchacontralostca




miércoles, 15 de septiembre de 2021

Dialogar, aceptar y abrazar

Llevo mucho tiempo sin pasarme por aquí, aunque se me han ocurrido mil entradas distintas en estos meses. La verdad es que he pasado de la disociación a que todo caiga sobre mí como una losa. 

Una losa muy pesada. 

Y aunque ha sido algo muy difícil y doloroso para mí (¿cuándo no lo es?), decidí enterrar el hacha de guerra y sentarme a dialogar con mi parte enferma. 

Y no fue suficiente. La odiaba con todas mis ganas y eso hacía que no pudiese entenderla, así que tuve que ir acercándome hasta poder abrazarla y empezar a quererla, igual que hice en su día con mi niña interior. No ha sido agradable, han sido muchos días en contacto con ella, con la niña, con todo mi ser, y a pesar de mi caos interno la vida seguía, no podía pararme, al igual que tampoco podía dejar de llorar. 

Y así es como sigo hoy, dejando atrás la disociación que me mantenía en una burbuja, llorando para que se deshaga el nudo que tantos años lleva atenazando mi garganta y así poder aprender a autorregularme de forma sana, aprendiendo sobre mí misma y sobre el porqué de mis pensamientos y acciones, sintiéndome, aceptándome, comprendiéndome y, sobre todo, perdonándome por tantos años maltratándome física y mentalmente. Creo que por fin estoy aprendiendo a cuidarme, a escuchar tanto a mi cuerpo como a mi mente y, aunque no siempre lo logro, cada vez me cuesta menos y se me da mejor. 

Todavía tengo muchos pensamientos intrusivos de esa parte enferma que tanto tiempo lleva conmigo y que tiene miedo a irse, pero sé que me está intentando proteger a su manera, aunque ya no lo necesite. He tardado mucho tiempo en tolerarla y ahora intento aceptarla, abrazarla y quererla hasta que se marche en paz, aunque haya días que todavía la odie y trate de luchar contra ella. Y es que la recuperación no es lineal, aunque ojalá lo fuese, y siempre hay que apoyarse en las personas que nos quieren. En mi caso mi pareja, mis amigos y mi familia son como siempre mis pilares fundamentales, pero también me están ayudando mi psicólogo y mi psiquiatra, lo cual es muy necesario cuando se llega a un punto en el que ves que no puedes hacerlo solo. Y es que no pasa nada por pedir ayuda, es un acto valiente y el primer paso para empezar a sanar. En este tiempo también me ha ayudado mucho la lectura, sobre todo leer a la psicóloga Paula Marín en redes sociales, y la verdad es que, casualidad o no, muchos de sus textos han aparecido en el momento indicado, justo cuando necesitaba leer algo así. 

Gracias por leerme una vez más, espero que estéis todos bien. Como despedida, os dejo por aquí uno de esos textos que tanto me han ayudado:

La vida es cómo es, no como queremos que sea. Y hay cosas en las que tenemos control y podemos hacer algo, y hay cosas en las que no, y nos toca aceptarlas.

Y aceptar algo con lo que no estás de acuerdo o te hace daño, jode.

Jode mucho.

Pero es lo que hay, y cuanto antes lleguemos a entender esto, antes dejaremos de estar navegando en mares que nos van a tragar, sí o sí. Y podremos cambiar de mar, ir en otra dirección o, si no queda otra, flotar en el agua hasta que el mar nos engulla.

Porque a veces lo único que queda es sobrevivir, y en lo que sí que tenemos un poco de poder, es en la decisión de cómo hacerlo.

Si quieres sigue luchando contra las olas, sigue gastando energía en ellas y sigue revolviéndote contra aquello que no va a cambiar.

Es tu derecho.

Pero yo llevo tiempo aprendiendo que hay hostias que por mucho que las vea venir, que sepa defenderme o que quiera huir de ellas, me van a dar en la cara.

domingo, 4 de abril de 2021

Reír, recordar y... olvidar.

En mi familia materna siempre ha habido personas con buena voz para cantar, de hecho, mi madre es una de ellas, aunque casi nunca la oirás cantar a no ser que esté muy feliz.
Ayer volví a oír su voz cantando esas estrofas que no había vuelto a escuchar desde que mi abuela murió.

"...Son tus perjúmenes, mujer
Los que me sulibeyan..."

Estábamos en familia y quien me conoce sabe que cantar y bailar me da mucha vergüenza, es algo que me cuesta mucho, pero fue oírla y todos la seguimos.

"Siempre que te pregunto
Qué, cuándo, cómo y dónde
Tú siempre me respondes
Quizás, quizás, quizás..."

Mis sobrinas nos miraban como si nos hubiésemos vuelto locos, y a lo mejor lo estábamos, pero ver a mi madre reírse así después de verla día tras día sin ganas de otra cosa que no sea estar en la cama, fue un soplo de aire.

"Bésame, bésame mucho,
como si fuera esta noche la última vez..."

Podía ver el brillo en los ojos de mi padrastro mientras la sacaba a bailar, la emoción de mi tío y la felicidad de todos nosotros mientras reíamos, cantábamos y recordábamos todas esas veces en las que animábamos a la abuela a cantar, ella se resistía y al final terminaba por hacer de directora de orquesta hasta que la ocasión se convertía en nuestra fiesta particular.

"A mí, me gusta el pipiripí pipí,
con la bota empinar parara papá,
con el pipiripí pipí
con el paparapa papá..."

Reímos, cantamos, bailamos, recordamos y... olvidamos.
Sí, olvidamos.
Olvidamos todo lo malo por unos instantes, dejamos atrás todos los problemas, el dolor y cualquier cosa negativa que hubiese. Siempre hay que volver a la realidad y dicen que todo lo bueno se acaba, pero a pesar de que mi madre hoy volvía a estar mal, mientras escribo esto puedo escuchar como antaño la música que suena desde la cocina y eso, amigos, eso es...

VIDA.

"Beso a beso me enamoré de ti,
Beso a beso me enamoré de ti
y jugando al amor nos encontró." 




lunes, 8 de marzo de 2021

8M

Hoy, como cada 8 de marzo, celebramos la alianza entre mujeres para defender todos esos derechos que tanto costó conseguir y que gracias a la unión de muchas mujeres poseemos actualmente.

Hoy y siempre somos el grito de las que ya no están, somos las que vendrán, somos TODAS.

Hoy gritamos ¡BASTA! 

Basta de violencia, de machismo, de marginación, de normalizar lo que no tiene justificación alguna. Basta de llamarnos locas, de llamar a una mujer puta por vivir su sexualidad libremente sin hacer daño a nadie, y de intentar llevar al terreno político una lucha que va más allá de eso, de cerrar los ojos y hacer como que no pasa nada.

Somos mucho más que cuidadoras, madres u objetos sexuales, somos personas y  queremos igualdad, porque el feminismo es eso, igualdad, y no superioridad como algun@s se empeñan en decir. 

Queremos salir y no tener miedo, ser escuchadas y no humilladas. Queremos vivir y que el mundo entienda que nosotras decidimos el cuándo, el dónde y el con quién. Queremos dejar de ser juzgadas por cómo vestimos o por hacer cosas que "no son de mujeres", no somos princesas que necesitan ser rescatadas, somos el jodido dragón, somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar y que hoy luchan por la libertad para sentir, pensar, amar, acostarse con quién quieran y vivir como quieran desde el respeto y sin ser juzgadas, que nuestro cuerpo es solo nuestro y que no somos propiedad de nadie excepto de nosotras mismas.

Hoy, la lucha continua y todavía queda mucho por hacer, porque mientras se siga asesinando o maltratando a mujeres por el hecho de serlo, días como el de hoy seguirán siendo necesarios, y por eso tenemos que estar unidos, todos, porque esto no es solo cosa de las mujeres, es cosa de todos, hombres y mujeres, aunque hoy es nuestro día, hoy hablo de nosotras, de unión, de sororidad, de vida y de amor.

Porque JUNTAS SOMOS MÁS.



[Créditos de la imagen a quién correspondan]


lunes, 1 de marzo de 2021

Inmarcesible

Así son los recuerdos. 

Inmarcesibles.

Inmarchitables.

Y recordar ciertas cosas es más duro de lo que pensé, imagino que porque no eran cosas de esas que mi mente ya tiene trilladas de tanto repasar.

Hasta ahora mi mente siempre liberaba el recuerdo como si estuviese deseosa de hacerlo. 

Pero esta vez no.

Esta vez notaba cómo todo quería salir y cómo mi mente luchaba contra eso, notaba el mareo, la neblina que no me dejaba pensar e incluso sentí que me iba a desmayar. 

Mi cuerpo se quedó helado, tenso, listo para huir mientras mi estómago se retorcía. También pensé que iba a vomitar.

Y justo cuando empezaba a atisbar una imagen mental, el recuerdo se fue, se desvaneció enterrado de nuevo en las profundidades de mi subconsciente.

Y me alegré. Me alegré de no poder acceder al maldito recuerdo porque el hecho de que mi mente lo bloquease significaba que era demasiado doloroso de recordar.

Quería simplemente olvidarlo. 

Lo quiero todavía.

Que desaparezca, que se entierre tan profundo que no tenga posibilidad de salir de ahí.

Pero sé que eso no es posible. 

Sé que esta vez no va a ser decisión mía, porque lo que yo quiero no es lo correcto.

Y porque los recuerdos no se borran por arte de magia, no desaparecen por mucho que los ignores, no, son como tatuajes en la mente, permanentes, inmarchitables, imborrables.

Y eso asusta, pero sé que aunque mi mente me grite que voy a estrellarme a veces es necesario acelerar y acudir al encuentro del suelo, abrazar la caída para después remontar el vuelo una vez más.

Y otra.

Las veces que sean necesarias, porque da igual cuántas caídas o tropiezos tengas, lo importante es levantarse a pesar de las heridas, a pesar de los daños.

A pesar del dolor.






martes, 19 de enero de 2021

5 años

Aún me cuesta creer que ya hayan pasado 5 años desde que no estás. 

Y, a su vez, el tiempo se ha hecho eterno.

Todavía sigo entrando a veces con la sensación de que te encontraré en tu sillón esperándome.

O que haremos canelones juntas. O que me enseñarás a cocinar. O que me sentaré delante de ti y me peinarás como solías hacer.

Te admiraba. Te admiro. Nunca vi una mujer tan fuerte, sabía, honrada y buena como tú. En el pueblo decían que te habías ganado el cielo, y así era. La vida no te lo puso nada fácil, pero siempre te mantuviste en pie, diciendo que todas las cosas tienen su lado bueno.  

Extraño mucho tus abrazos y tus consejos, fuiste mi segunda madre, la que estuvo ahí cuando nadie más sabía lo que estaba pasando. Pero tú sí, tú siempre sabías y me sacabas del pozo sin reproches, con amor y comprensión.

A pesar del tiempo aún no he asimilado que te hayas ido, hay días que tu ausencia se transforma en un nudo en la garganta y hace que todo parezca más difícil.

Luchaste hasta el final, hasta por fin descansar de esa enfermedad que tanto terror provoca en mí.  Hay tantas cosas que me pediste y que no he hecho... Y, aún así, sé que no estás enfadada por ello, sé que lo entiendes. 

Recuerdo ese último día en el que me aferraba a ti, a punto de dormirte, en el que solo podía pedir a Dios que te curases, aún sabiendo que era algo imposible. 

Recuerdo que me miraste con tus ojos azules como ese cielo al que estabas a punto de partir, esos ojos que parecían saberlo todo, y que me dijiste "estoy tan cansada..." antes de  cerrarlos por última vez.

Y, de repente, te habías ido. En silencio, como queriendo no molestar. 

Silencio... esa mañana recuerdo que me desperté porque todo estaba demasiado en silencio. Y entonces te vi y supe que ya no estabas, que te habías convertido en esa pluma en la que decías que te convertirías al morir y que estabas volando hacia el cielo, libre y sin dolor por fin.

Tengo tanto miedo de olvidar el sonido de tu voz... Y, sin embargo, no tengo miedo de olvidar tu rostro, tus enseñanzas, tu amor... porque sé que eso es imposible.

¿Y sabes porqué es imposible? 

Porque te llevo tatuada en la piel y en el corazón, en un rincón donde puedo abrazarte y donde eres eterna.

Siempre, yaya ❤️


viernes, 1 de enero de 2021

¡Feliz año 2021!

 Adiós, 2020.

No creo que te eche de menos, aunque sí debo darte las gracias por todas las cosas que me has enseñado.

Gracias a ti he aprendido a valorar lo que tengo y a no dar nada por sentado, porque en cualquier momento lo puedo perder. 

Han sido 365 días con sus luces y sombras, como todos los años, como la vida misma. Me gustaría decir que fuiste el mejor año pero has sido uno de los más duros, la verdad es que muchas veces pensé que no lo conseguiría, más incluso de las que me gustaría admitir.

En enero trajiste a María, el regalo más buscado desde hacía tiempo, y por ello doy gracias.

En febrero y marzo pude viajar un par de veces, pequeñas escapadas que sirvieron para recargar pilas para lo que vendría después, aunque entonces no tenía ni idea de lo que se avecinaba, solo pensaba en que tendría tiempo para hacer todo lo que tenía en mente. 

Pero no.

Viniste con un virus que hizo temblar al mundo y que paralizó nuestras vidas. 

¿Quién nos iba a decir que extrañaríamos cosas tan simples como tomar un café, ir al cine o dar un abrazo? Nunca lo hubiésemos imaginado, pero así fue. 

Has sido un año lleno de caos, incertidumbre e incomprensión, pero también has tenido cosas buenas, porque aún sin entender nada y con un confinamiento de por medio, nos unimos para aplaudir a todos los sanitarios que estaban en primera línea, que sufrían mientras luchaban incansablemente contra el virus. Mi agradecimiento para ellos y para todas esas personas que han sido esenciales para seguir cada día: policías, repartidores, personal de supermercados, de limpieza y un largo etcétera de trabajadores esenciales que lo habéis hecho todo más fácil.

Pero a pesar de esas cosas que nos han unido, otras muchas nos han separado, haciendo que muchas veces perdiese la fe en la humanidad, aunque luego siempre ha ocurrido algo que ha hecho que la recuperase. Se suponía que esta pandemia nos iba a hacer una mejor sociedad, unas mejores personas, pero no lo tengo tan claro, ojalá me equivoque y que al final así sea.

2020, te has llevado millones de vidas y has destrozado otras tantas, te has llevado a muchos de nuestros mayores, pero también has hecho que veamos lo importante que es la salud y el largo camino que todavía nos queda por recorrer hasta que le demos la importancia que realmente merece y entendamos que es una prioridad y que hay que invertir más en sanidad. Un buen ejemplo es la vacuna, que gracias a la inversión que se ha hecho en investigación ha llegado más rápido de lo normal y con la esperanza de que esto acabe pronto, así que imaginad lo que se avanzaría con una mayor inversión en sanidad.

Y hablando de salud, no hay que olvidar que este año se ha puesto de manifiesto una vez más la importancia de la salud mental. Esta pandemia ha repercutido en la salud mental de todos y eso debería de ser motivo suficiente para reflexionar y contratar más psicólogos que puedan cubrir las necesidades de la población. Pero no. No ha sido así, al menos todavía no, y las unidades de salud mental siguen colapsadas, sin poder atender a muchas personas que necesitan ayuda y sin recursos para dar una buena atención a las que ya atienden. Desde aquí animo a mis compañeros a seguir luchando por dar visibilidad a nuestra profesión y por no decaer, somos muy necesarios y ojalá algún día el mundo entienda que no hay salud sin salud mental. 

Y mientras todo se derrumbaba, la naturaleza crecía y se expandía, recuperando junto con los animales una parte de su hogar, ese que les arrebatamos, la contaminación disminuía y el planeta sanaba un poco de todo el daño que le hemos hecho. Ojalá tomemos conciencia antes de que sea tarde de que no hay un planeta B, esto es lo que tenemos y lo estamos destruyendo, los seres humanos estamos siendo como un virus para el planeta, lo estamos destrozando y solo nosotros podemos pararlo. 

Deseo que este 2020 haya servido para eso, para parar y reflexionar sobre todo lo que hay que cambiar y para poner en marcha dichos cambios.

2020, has sido como una pesadilla de la que aún no hemos despertado, fue como si el tiempo se detuviese y a la vez pasase volando.

Personalmente, me siento afortunada de tener a mis seres queridos conmigo, de tener un techo y comida sobre la mesa, y le pido al 2021 que eso no cambie y que, a ser posible, me traiga una plaza PIR.

Este año se ha ido dejándome exhausta mentalmente, ha sido una lucha constante contra esa parte de mí que quería rendirse, ha habido momentos en los que realmente he sentido que no podía más, en los que he deseado dormir y no pensar más, pero en todos ellos y muchas veces de forma inconsciente, mi pareja, mi familia y mis amigos, han hecho que encuentre la fuerza necesaria para seguir. 

Sin duda, ellos son lo mejor de mi 2020 y de mi vida en general. GRACIAS.

2020, te cierro la puerta y doy la bienvenida al primer día de 2021, pidiéndole que nos traiga salud, felicidad y fuerzas para luchar por nuestros sueños.

Deseo que estéis todos bien, gracias por leerme un año más y por cada mensaje recibido, os deseo todo lo mejor en este nuevo año que acaba de llegar y, por favor, no olvidéis ser responsables, este virus lo tenemos que parar entre todos y ya habrá tiempo de montar fiestas y de hacer mil cosas juntos. 

Así que ¡FELIZ AÑO!

2021, vamos a llevarnos bien ❤️

 



miércoles, 2 de diciembre de 2020

Diciembre

Siempre me ha encantado la Navidad. No por los regalos, sino porque era la época en la que se reunía toda la familia. Era la época en la que yo me esforzaba en decorar la casa, en la que respiraba la ilusión de las luces, los árboles, los Belenes, los comercios... Era la época en la que sabía que vería a mis primos y a mis sobrinas.

Todos los años ayudaba a preparar la comida y ponía la mesa bajo la supervisión de mi abuela. Después de la cena, jugábamos a las cartas y al bingo y, si era Nochevieja, mi abuela hacia sus rituales de la suerte. 

De niña me encantaba abrir los regalos, como a cualquier niño supongo. Pero mi parte favorita de esos regalos era la carta y el dibujo de mi madre que los acompañaba, llena de amor y de buenos deseos.

Cuando fui un poco más mayor empecé a hacer regalos y lo que más me gustaba era ver las caras de mis familiares al verlos, el poder sorprenderlos cada año.

En Nochebuena me gustaba leer un poema o algo que yo hubiese hecho, era mi regalo conjunto para toda la familia.

En Navidad me iba con mi padre a comer y a la vuelta sabía que mi familia materna estaría esperándome para tomar el postre.

En Nochevieja solía estar en casa hasta que fui mayor de edad y me empecé a ir con mis amigos después de cenar. Llegaba siempre a casa por la mañana y me encontraba mi cama caliente porque mi abuela me había puesto un calefactor. Sabía que en pocas horas me despertaría y me diría que si había trasnochado tendría que madrugar y ayudarla, pero mientras lo decía me mostraba el chocolate caliente y el croissant recién hecho que me había preparado.

Hasta que un día, todo eso se terminó. Recuerdo que la Navidad anterior había sido mágica, nos habíamos reunido más gente que nunca y habíamos cantado villancicos hasta la madrugada. El año que siguió a esa Navidad fue bastante malo y cuando llegó de nuevo diciembre nadie quería decoración ni comidas familiares. Aún así, mi abuela se esforzó, sacó todos los adornos y puso la mesa más bonita que nunca. Ese año, cuando fui a leer un cuento que había preparado, todo fueron caras largas y comentarios sobre que querían ver la tele. 

Los años siguientes fueron un poco mejor hasta que mi abuela falleció. Dos meses antes de su muerte celebramos una Navidad preciosa en la que todo fueron risas. Sabía que mi abuela sufría mucho, pero aún así no dejó de sonreír. Nos disfrazamos y cantamos, incluso nos hicimos fotos para no olvidar nunca ese momento. 

Después de su muerte, ya no hubo decoración ni celebración en ninguna Navidad más. Diciembre se convirtió en un mes difícil, aunque en el último momento lograba recuperar mi ilusión, decoraba la casa ignorando las quejas de mi familia y compraba regalos para todos. Ya no había carta ni dibujo de mi madre, pero los veía sonreír.

Este año ha sido muy difícil para todos. Diciembre ha llegado y, aunque sé que soy afortunada por tener a mi familia conmigo y una casa donde vivir, siento mucha tristeza. Este año no hay decoración, no hay celebración, no hay nada excepto ganas de que acabe.  

Me digo a mí misma que no es el fin del mundo, que es una tontería, pero entonces pienso en que hace tiempo aprendí que las cosas que nos afectan no son ni más ni menos importantes que las que afectan a otras personas, que si para mí algo es importante es que lo es, aunque a otra persona le parezca que no. 

Sé que esto pasará, que habrá años mejores y que recuperaré la alegría que siempre he sentido en esta época, pero hasta entonces voy a escucharme y a permitirme sentir lo que estoy sintiendo.

Y lo que estoy sintiendo es tristeza porque este año he perdido la ilusión y no sé dónde encontrarla.

Y no pasa nada, porque sé que en algún momento la encontraré.

Pero hoy no.

Hoy me siento así.

Y no pasa nada.







lunes, 30 de noviembre de 2020

Día internacional de la lucha contra los TCA

Hoy recuerdo el día en que firmé un contrato contigo sin leer antes la letra pequeña. Sin escuchar las voces que me advertían de que no eras la libertad, sino la dictadura sobre mi cuerpo.

Cada pensamiento, cada parte de mi vida, pasó a ser tuya, vivía por y para ti, para conseguir unas metas totalmente inalcanzables, una perfección inexistente.

Creía estar ganando, pero lo perdí todo, me perdí a mí misma y caí tan profundo que dejó de importarme incluso respirar.

Dejé de vivir y me limité a sobrevivir, ignorando esa parte de mí que me gritaba que me estabas matando, tenía terror a soltarte de la mano.

Todavía me pregunto cómo pude dejar que entraras en mi vida y que poco a poco me fueras agarrando, cada vez más fuerte, hasta que pensé que jamás podría escapar. Pero lo hice. O eso creía.

Porque volviste, cuando todo parecía ir bien volví a escuchar tu voz diciéndome que nada iría nunca bien, que no lo merecía, y me dejé llevar de nuevo a la oscuridad pensando que no había servido de nada todo el esfuerzo, que habías ganado.

Pero no. Unas manos me sostuvieron, me ayudaron y me abrazaron cada vez que sentía que no podía más, cada vez que quería morir, porque me hiciste desear desaparecer para siempre. Y me levanté de nuevo. Y volví a caer más veces. Hasta que me hice más fuerte que tú.

Hoy sé que tenías un propósito, pero ya lo cumpliste, hoy sé que fuiste la forma que tuve de afrontar algunas cosas, pero ya he aprendido a hacerlo de otra forma más sana, todavía sigo aprendiendo.

Así que hoy, por fin, me despido de ti. Me has acompañado muchos años, pero hace algún tiempo que tu voz enmudeció. Hace algún tiempo que me veo al mirarme al espejo, todavía a veces no me gusta lo que veo, pero lo acepto, acepto cada cicatriz, cada estría, cada imperfección que me hace ser yo. Me acepto y pido perdón a mi cuerpo por maltratarlo durante años. Me pido perdón a mí misma y me prometo seguir aprendiendo a quererme todos los días.

Hoy te digo adiós aunque hace ya algún tiempo que te has ido, pero tenía miedo. Ya no lo tengo. Y por eso te digo adiós y te cierro la puerta, no intentes volver, ya no te necesito, ya no tienes cabida en mi vida.

Ya no.

Adiós.



#30 de noviembre, día internacional de la lucha contra los TCA.

#Yo me sumo, ¿y tú?

[Foto de @yotambienquisesercomoanaymia]



domingo, 8 de noviembre de 2020

Aprendiendo a nadar

Ayer la protagonista de una película dijo:

"Puede que no sea ni hoy ni mañana, pero llegará el día en que empiece a llorar y me da miedo no saber parar, llorar tanto que acabe arrastrándote y ahogándonos los dos".

Ese era mi miedo hace unos años cuando bajé cada una de las defensas que tanto me había costado construir. 

Y ahora no puedo parar.

Se rompió el dique y el agua todo lo pudo, las lágrimas empezaron a salir y ya no pararon, dejando pasar año tras año, daño tras daño, recordando cada error, cada mala decisión.

No sé parar, es como empezar un lunes sintiéndote bien y continuar así durante un par de semanas, pensando que ya está, que todo está mejor, que ya tienes el control y vas a poder mantener ese bienestar.

Pero no.

Un día cualquiera, dos lunes después, sin un motivo que lo justifique empiezas a notar algo que tira de ti, un malestar al que tratas de ignorar, pero que no se va. 

Y, de repente, algo hace click en ti.

Y te rompes.

Las lágrimas vuelven, la oscuridad te abraza, y ya no ves la luz que hacía unos días te iluminaba. Y sientes frío, mucho frío.

Lloras, lloras por todo, a veces sin un desencadenante.

Mentira.

Sí hay un desencadenante.

Pensamientos que te susurran que no vales para nada, que no mereces estar bien, que eres una inútil, que vas a perderte a ti misma y a perderlo todo. Te dicen cosas horribles y...

Te las crees. Durante unos días te las crees.

Hasta que llega el viernes y vuelves a encontrar un resquicio de fuerza, alguien que te dice las cosas como son, que te recuerda que lo que estás haciendo es rendirte mientras te abraza y te hace entrar en calor.

Y vuelves a luchar, a matar esos pensamientos, a jurarte que ya no más.

Hasta que llega el lunes y la luz vuelve a ti, te abraza y te da esperanzas y fuerza.

Y resurges de tus cenizas como un ave Fénix.

Hasta dentro de dos semanas.

Hasta que las lágrimas regresan dos lunes después y vuelve a empezar todo el ciclo, todo ese círculo vicioso del cual intentas salir.

Y te vas agotando, pensando en lo fácil que sería sucumbir a esos pensamientos, no luchar más, dejarte ir.

Y perder(te).

¿Podría soportar perderme de nuevo? Rotundamente no. Perderme a mí implica perderlo todo, y no estoy dispuesta a que vuelva a pasar.

¿Pero qué sucede con los demás? Es tanto el miedo a estar arrastrándolos conmigo, a que se agoten y se vayan.

Nunca quise arrastrar a nadie conmigo, pero no puedo salir de este mar de lágrimas sola, por muy egoísta que pueda sonar. Ya lo intenté, alejé a todo el mundo para tratar de salvarme y solo conseguí caer tan hondo que pensé que no volvería a salir. 

Y no pienso volver a pasar por eso.

Ahora mismo estoy buscando ese click, esa fuerza que me ayude a subir de nuevo, yo sé que está ahí, pero no logro alcanzarla, aunque sé que está muy cerca. 

A veces creo que llorar es mi manera de ahogar esos pensamientos, es como si llorando drenase todo lo malo, me trae paz, pero también me duele, es como echar desinfectante en una herida, al principio escuece, pero sana. 

Tal vez sea mi resistencia, mi rechazo a llorar lo que me está impidiendo avanzar, pero tengo tanto miedo de no poder parar nunca.

¿Y si por ahogar esos pensamientos me ahogo yo? 

MIEDO, MIEDO, MIEDO.

PUTO MIEDO.

¿De qué me sirve el miedo? Hace tiempo que empecé a llorar y no he podido parar hasta ahora, ¿qué tengo que perder? ¿Y si es la solución? 

Llorar un océano, llorar hasta diluir cada cosa que me impide sanar.

Y, mientras lloro, aprender a nadar.

Debería escucharme más a menudo, abrazarme más veces. 

Trabajo en terapia las distintas partes de mi ser, tal vez debería escucharlas más. 

Tal vez mi parte sana está tratando de decirme que no pasa nada, que es cierto que he hecho muchas cosas mal, pero que también he hecho muchas cosas bien, que es hora de perdonarme y quererme, que es hora de dejar de hacerme daño a mí misma.

Tal vez mi parte enferma me está pidiendo que la deje ir, que su intención no fue hacerme daño, sino protegerme de la única manera que sabía, pero que ya no es necesario y que por no soltarla me estoy haciendo mucho daño.

Tal vez mi niña interior me está pidiendo que la cuide, que la escuche, que la abrace y no la suelte, que me perdona por no haberla protegido, pero que sabe que no ha sido culpa mía y que por eso debo dejar de sentirme culpable. A veces siento tanta ira que no quiere acercarse a mí, pero otras veces la abrazo y siento que la ayudo a sanar un poco, que simplemente quiere que la proteja de la parte enferma y dejar de sentirse sola, que quiere sentirse querida y que yo me quiera.

Tal vez me estoy volviendo loca.

No lo sé.

Solo sé que quiero sanar y dejar de vivir con miedo.

Solo sé que no me estoy rindiendo.

Solo sé que estoy aprendiendo a nadar.

Solo sé que...

Pude, puedo y podré.