martes, 19 de enero de 2021

5 años

Aún me cuesta creer que ya hayan pasado 5 años desde que no estás. 

Y, a su vez, el tiempo se ha hecho eterno.

Todavía sigo entrando a veces con la sensación de que te encontraré en tu sillón esperándome.

O que haremos canelones juntas. O que me enseñarás a cocinar. O que me sentaré delante de ti y me peinarás como solías hacer.

Te admiraba. Te admiro. Nunca vi una mujer tan fuerte, sabía, honrada y buena como tú. En el pueblo decían que te habías ganado el cielo, y así era. La vida no te lo puso nada fácil, pero siempre te mantuviste en pie, diciendo que todas las cosas tienen su lado bueno.  

Extraño mucho tus abrazos y tus consejos, fuiste mi segunda madre, la que estuvo ahí cuando nadie más sabía lo que estaba pasando. Pero tú sí, tú siempre sabías y me sacabas del pozo sin reproches, con amor y comprensión.

A pesar del tiempo aún no he asimilado que te hayas ido, hay días que tu ausencia se transforma en un nudo en la garganta y hace que todo parezca más difícil.

Luchaste hasta el final, hasta por fin descansar de esa enfermedad que tanto terror provoca en mí.  Hay tantas cosas que me pediste y que no he hecho... Y, aún así, sé que no estás enfadada por ello, sé que lo entiendes. 

Recuerdo ese último día en el que me aferraba a ti, a punto de dormirte, en el que solo podía pedir a Dios que te curases, aún sabiendo que era algo imposible. 

Recuerdo que me miraste con tus ojos azules como ese cielo al que estabas a punto de partir, esos ojos que parecían saberlo todo, y que me dijiste "estoy tan cansada..." antes de  cerrarlos por última vez.

Y, de repente, te habías ido. En silencio, como queriendo no molestar. 

Silencio... esa mañana recuerdo que me desperté porque todo estaba demasiado en silencio. Y entonces te vi y supe que ya no estabas, que te habías convertido en esa pluma en la que decías que te convertirías al morir y que estabas volando hacia el cielo, libre y sin dolor por fin.

Tengo tanto miedo de olvidar el sonido de tu voz... Y, sin embargo, no tengo miedo de olvidar tu rostro, tus enseñanzas, tu amor... porque sé que eso es imposible.

¿Y sabes porqué es imposible? 

Porque te llevo tatuada en la piel y en el corazón, en un rincón donde puedo abrazarte y donde eres eterna.

Siempre, yaya ❤️


viernes, 1 de enero de 2021

¡Feliz año 2021!

 Adiós, 2020.

No creo que te eche de menos, aunque sí debo darte las gracias por todas las cosas que me has enseñado.

Gracias a ti he aprendido a valorar lo que tengo y a no dar nada por sentado, porque en cualquier momento lo puedo perder. 

Han sido 365 días con sus luces y sombras, como todos los años, como la vida misma. Me gustaría decir que fuiste el mejor año pero has sido uno de los más duros, la verdad es que muchas veces pensé que no lo conseguiría, más incluso de las que me gustaría admitir.

En enero trajiste a María, el regalo más buscado desde hacía tiempo, y por ello doy gracias.

En febrero y marzo pude viajar un par de veces, pequeñas escapadas que sirvieron para recargar pilas para lo que vendría después, aunque entonces no tenía ni idea de lo que se avecinaba, solo pensaba en que tendría tiempo para hacer todo lo que tenía en mente. 

Pero no.

Viniste con un virus que hizo temblar al mundo y que paralizó nuestras vidas. 

¿Quién nos iba a decir que extrañaríamos cosas tan simples como tomar un café, ir al cine o dar un abrazo? Nunca lo hubiésemos imaginado, pero así fue. 

Has sido un año lleno de caos, incertidumbre e incomprensión, pero también has tenido cosas buenas, porque aún sin entender nada y con un confinamiento de por medio, nos unimos para aplaudir a todos los sanitarios que estaban en primera línea, que sufrían mientras luchaban incansablemente contra el virus. Mi agradecimiento para ellos y para todas esas personas que han sido esenciales para seguir cada día: policías, repartidores, personal de supermercados, de limpieza y un largo etcétera de trabajadores esenciales que lo habéis hecho todo más fácil.

Pero a pesar de esas cosas que nos han unido, otras muchas nos han separado, haciendo que muchas veces perdiese la fe en la humanidad, aunque luego siempre ha ocurrido algo que ha hecho que la recuperase. Se suponía que esta pandemia nos iba a hacer una mejor sociedad, unas mejores personas, pero no lo tengo tan claro, ojalá me equivoque y que al final así sea.

2020, te has llevado millones de vidas y has destrozado otras tantas, te has llevado a muchos de nuestros mayores, pero también has hecho que veamos lo importante que es la salud y el largo camino que todavía nos queda por recorrer hasta que le demos la importancia que realmente merece y entendamos que es una prioridad y que hay que invertir más en sanidad. Un buen ejemplo es la vacuna, que gracias a la inversión que se ha hecho en investigación ha llegado más rápido de lo normal y con la esperanza de que esto acabe pronto, así que imaginad lo que se avanzaría con una mayor inversión en sanidad.

Y hablando de salud, no hay que olvidar que este año se ha puesto de manifiesto una vez más la importancia de la salud mental. Esta pandemia ha repercutido en la salud mental de todos y eso debería de ser motivo suficiente para reflexionar y contratar más psicólogos que puedan cubrir las necesidades de la población. Pero no. No ha sido así, al menos todavía no, y las unidades de salud mental siguen colapsadas, sin poder atender a muchas personas que necesitan ayuda y sin recursos para dar una buena atención a las que ya atienden. Desde aquí animo a mis compañeros a seguir luchando por dar visibilidad a nuestra profesión y por no decaer, somos muy necesarios y ojalá algún día el mundo entienda que no hay salud sin salud mental. 

Y mientras todo se derrumbaba, la naturaleza crecía y se expandía, recuperando junto con los animales una parte de su hogar, ese que les arrebatamos, la contaminación disminuía y el planeta sanaba un poco de todo el daño que le hemos hecho. Ojalá tomemos conciencia antes de que sea tarde de que no hay un planeta B, esto es lo que tenemos y lo estamos destruyendo, los seres humanos estamos siendo como un virus para el planeta, lo estamos destrozando y solo nosotros podemos pararlo. 

Deseo que este 2020 haya servido para eso, para parar y reflexionar sobre todo lo que hay que cambiar y para poner en marcha dichos cambios.

2020, has sido como una pesadilla de la que aún no hemos despertado, fue como si el tiempo se detuviese y a la vez pasase volando.

Personalmente, me siento afortunada de tener a mis seres queridos conmigo, de tener un techo y comida sobre la mesa, y le pido al 2021 que eso no cambie y que, a ser posible, me traiga una plaza PIR.

Este año se ha ido dejándome exhausta mentalmente, ha sido una lucha constante contra esa parte de mí que quería rendirse, ha habido momentos en los que realmente he sentido que no podía más, en los que he deseado dormir y no pensar más, pero en todos ellos y muchas veces de forma inconsciente, mi pareja, mi familia y mis amigos, han hecho que encuentre la fuerza necesaria para seguir. 

Sin duda, ellos son lo mejor de mi 2020 y de mi vida en general. GRACIAS.

2020, te cierro la puerta y doy la bienvenida al primer día de 2021, pidiéndole que nos traiga salud, felicidad y fuerzas para luchar por nuestros sueños.

Deseo que estéis todos bien, gracias por leerme un año más y por cada mensaje recibido, os deseo todo lo mejor en este nuevo año que acaba de llegar y, por favor, no olvidéis ser responsables, este virus lo tenemos que parar entre todos y ya habrá tiempo de montar fiestas y de hacer mil cosas juntos. 

Así que ¡FELIZ AÑO!

2021, vamos a llevarnos bien ❤️

 



miércoles, 2 de diciembre de 2020

Diciembre

Siempre me ha encantado la Navidad. No por los regalos, sino porque era la época en la que se reunía toda la familia. Era la época en la que yo me esforzaba en decorar la casa, en la que respiraba la ilusión de las luces, los árboles, los Belenes, los comercios... Era la época en la que sabía que vería a mis primos y a mis sobrinas.

Todos los años ayudaba a preparar la comida y ponía la mesa bajo la supervisión de mi abuela. Después de la cena, jugábamos a las cartas y al bingo y, si era Nochevieja, mi abuela hacia sus rituales de la suerte. 

De niña me encantaba abrir los regalos, como a cualquier niño supongo. Pero mi parte favorita de esos regalos era la carta y el dibujo de mi madre que los acompañaba, llena de amor y de buenos deseos.

Cuando fui un poco más mayor empecé a hacer regalos y lo que más me gustaba era ver las caras de mis familiares al verlos, el poder sorprenderlos cada año.

En Nochebuena me gustaba leer un poema o algo que yo hubiese hecho, era mi regalo conjunto para toda la familia.

En Navidad me iba con mi padre a comer y a la vuelta sabía que mi familia materna estaría esperándome para tomar el postre.

En Nochevieja solía estar en casa hasta que fui mayor de edad y me empecé a ir con mis amigos después de cenar. Llegaba siempre a casa por la mañana y me encontraba mi cama caliente porque mi abuela me había puesto un calefactor. Sabía que en pocas horas me despertaría y me diría que si había trasnochado tendría que madrugar y ayudarla, pero mientras lo decía me mostraba el chocolate caliente y el croissant recién hecho que me había preparado.

Hasta que un día, todo eso se terminó. Recuerdo que la Navidad anterior había sido mágica, nos habíamos reunido más gente que nunca y habíamos cantado villancicos hasta la madrugada. El año que siguió a esa Navidad fue bastante malo y cuando llegó de nuevo diciembre nadie quería decoración ni comidas familiares. Aún así, mi abuela se esforzó, sacó todos los adornos y puso la mesa más bonita que nunca. Ese año, cuando fui a leer un cuento que había preparado, todo fueron caras largas y comentarios sobre que querían ver la tele. 

Los años siguientes fueron un poco mejor hasta que mi abuela falleció. Dos meses antes de su muerte celebramos una Navidad preciosa en la que todo fueron risas. Sabía que mi abuela sufría mucho, pero aún así no dejó de sonreír. Nos disfrazamos y cantamos, incluso nos hicimos fotos para no olvidar nunca ese momento. 

Después de su muerte, ya no hubo decoración ni celebración en ninguna Navidad más. Diciembre se convirtió en un mes difícil, aunque en el último momento lograba recuperar mi ilusión, decoraba la casa ignorando las quejas de mi familia y compraba regalos para todos. Ya no había carta ni dibujo de mi madre, pero los veía sonreír.

Este año ha sido muy difícil para todos. Diciembre ha llegado y, aunque sé que soy afortunada por tener a mi familia conmigo y una casa donde vivir, siento mucha tristeza. Este año no hay decoración, no hay celebración, no hay nada excepto ganas de que acabe.  

Me digo a mí misma que no es el fin del mundo, que es una tontería, pero entonces pienso en que hace tiempo aprendí que las cosas que nos afectan no son ni más ni menos importantes que las que afectan a otras personas, que si para mí algo es importante es que lo es, aunque a otra persona le parezca que no. 

Sé que esto pasará, que habrá años mejores y que recuperaré la alegría que siempre he sentido en esta época, pero hasta entonces voy a escucharme y a permitirme sentir lo que estoy sintiendo.

Y lo que estoy sintiendo es tristeza porque este año he perdido la ilusión y no sé dónde encontrarla.

Y no pasa nada, porque sé que en algún momento la encontraré.

Pero hoy no.

Hoy me siento así.

Y no pasa nada.







lunes, 30 de noviembre de 2020

Día internacional de la lucha contra los TCA

Hoy recuerdo el día en que firmé un contrato contigo sin leer antes la letra pequeña. Sin escuchar las voces que me advertían de que no eras la libertad, sino la dictadura sobre mi cuerpo.

Cada pensamiento, cada parte de mi vida, pasó a ser tuya, vivía por y para ti, para conseguir unas metas totalmente inalcanzables, una perfección inexistente.

Creía estar ganando, pero lo perdí todo, me perdí a mí misma y caí tan profundo que dejó de importarme incluso respirar.

Dejé de vivir y me limité a sobrevivir, ignorando esa parte de mí que me gritaba que me estabas matando, tenía terror a soltarte de la mano.

Todavía me pregunto cómo pude dejar que entraras en mi vida y que poco a poco me fueras agarrando, cada vez más fuerte, hasta que pensé que jamás podría escapar. Pero lo hice. O eso creía.

Porque volviste, cuando todo parecía ir bien volví a escuchar tu voz diciéndome que nada iría nunca bien, que no lo merecía, y me dejé llevar de nuevo a la oscuridad pensando que no había servido de nada todo el esfuerzo, que habías ganado.

Pero no. Unas manos me sostuvieron, me ayudaron y me abrazaron cada vez que sentía que no podía más, cada vez que quería morir, porque me hiciste desear desaparecer para siempre. Y me levanté de nuevo. Y volví a caer más veces. Hasta que me hice más fuerte que tú.

Hoy sé que tenías un propósito, pero ya lo cumpliste, hoy sé que fuiste la forma que tuve de afrontar algunas cosas, pero ya he aprendido a hacerlo de otra forma más sana, todavía sigo aprendiendo.

Así que hoy, por fin, me despido de ti. Me has acompañado muchos años, pero hace algún tiempo que tu voz enmudeció. Hace algún tiempo que me veo al mirarme al espejo, todavía a veces no me gusta lo que veo, pero lo acepto, acepto cada cicatriz, cada estría, cada imperfección que me hace ser yo. Me acepto y pido perdón a mi cuerpo por maltratarlo durante años. Me pido perdón a mí misma y me prometo seguir aprendiendo a quererme todos los días.

Hoy te digo adiós aunque hace ya algún tiempo que te has ido, pero tenía miedo. Ya no lo tengo. Y por eso te digo adiós y te cierro la puerta, no intentes volver, ya no te necesito, ya no tienes cabida en mi vida.

Ya no.

Adiós.



#30 de noviembre, día internacional de la lucha contra los TCA.

#Yo me sumo, ¿y tú?

[Foto de @yotambienquisesercomoanaymia]



domingo, 8 de noviembre de 2020

Aprendiendo a nadar

Ayer la protagonista de una película dijo:

"Puede que no sea ni hoy ni mañana, pero llegará el día en que empiece a llorar y me da miedo no saber parar, llorar tanto que acabe arrastrándote y ahogándonos los dos".

Ese era mi miedo hace unos años cuando bajé cada una de las defensas que tanto me había costado construir. 

Y ahora no puedo parar.

Se rompió el dique y el agua todo lo pudo, las lágrimas empezaron a salir y ya no pararon, dejando pasar año tras año, daño tras daño, recordando cada error, cada mala decisión.

No sé parar, es como empezar un lunes sintiéndote bien y continuar así durante un par de semanas, pensando que ya está, que todo está mejor, que ya tienes el control y vas a poder mantener ese bienestar.

Pero no.

Un día cualquiera, dos lunes después, sin un motivo que lo justifique empiezas a notar algo que tira de ti, un malestar al que tratas de ignorar, pero que no se va. 

Y, de repente, algo hace click en ti.

Y te rompes.

Las lágrimas vuelven, la oscuridad te abraza, y ya no ves la luz que hacía unos días te iluminaba. Y sientes frío, mucho frío.

Lloras, lloras por todo, a veces sin un desencadenante.

Mentira.

Sí hay un desencadenante.

Pensamientos que te susurran que no vales para nada, que no mereces estar bien, que eres una inútil, que vas a perderte a ti misma y a perderlo todo. Te dicen cosas horribles y...

Te las crees. Durante unos días te las crees.

Hasta que llega el viernes y vuelves a encontrar un resquicio de fuerza, alguien que te dice las cosas como son, que te recuerda que lo que estás haciendo es rendirte mientras te abraza y te hace entrar en calor.

Y vuelves a luchar, a matar esos pensamientos, a jurarte que ya no más.

Hasta que llega el lunes y la luz vuelve a ti, te abraza y te da esperanzas y fuerza.

Y resurges de tus cenizas como un ave Fénix.

Hasta dentro de dos semanas.

Hasta que las lágrimas regresan dos lunes después y vuelve a empezar todo el ciclo, todo ese círculo vicioso del cual intentas salir.

Y te vas agotando, pensando en lo fácil que sería sucumbir a esos pensamientos, no luchar más, dejarte ir.

Y perder(te).

¿Podría soportar perderme de nuevo? Rotundamente no. Perderme a mí implica perderlo todo, y no estoy dispuesta a que vuelva a pasar.

¿Pero qué sucede con los demás? Es tanto el miedo a estar arrastrándolos conmigo, a que se agoten y se vayan.

Nunca quise arrastrar a nadie conmigo, pero no puedo salir de este mar de lágrimas sola, por muy egoísta que pueda sonar. Ya lo intenté, alejé a todo el mundo para tratar de salvarme y solo conseguí caer tan hondo que pensé que no volvería a salir. 

Y no pienso volver a pasar por eso.

Ahora mismo estoy buscando ese click, esa fuerza que me ayude a subir de nuevo, yo sé que está ahí, pero no logro alcanzarla, aunque sé que está muy cerca. 

A veces creo que llorar es mi manera de ahogar esos pensamientos, es como si llorando drenase todo lo malo, me trae paz, pero también me duele, es como echar desinfectante en una herida, al principio escuece, pero sana. 

Tal vez sea mi resistencia, mi rechazo a llorar lo que me está impidiendo avanzar, pero tengo tanto miedo de no poder parar nunca.

¿Y si por ahogar esos pensamientos me ahogo yo? 

MIEDO, MIEDO, MIEDO.

PUTO MIEDO.

¿De qué me sirve el miedo? Hace tiempo que empecé a llorar y no he podido parar hasta ahora, ¿qué tengo que perder? ¿Y si es la solución? 

Llorar un océano, llorar hasta diluir cada cosa que me impide sanar.

Y, mientras lloro, aprender a nadar.

Debería escucharme más a menudo, abrazarme más veces. 

Trabajo en terapia las distintas partes de mi ser, tal vez debería escucharlas más. 

Tal vez mi parte sana está tratando de decirme que no pasa nada, que es cierto que he hecho muchas cosas mal, pero que también he hecho muchas cosas bien, que es hora de perdonarme y quererme, que es hora de dejar de hacerme daño a mí misma.

Tal vez mi parte enferma me está pidiendo que la deje ir, que su intención no fue hacerme daño, sino protegerme de la única manera que sabía, pero que ya no es necesario y que por no soltarla me estoy haciendo mucho daño.

Tal vez mi niña interior me está pidiendo que la cuide, que la escuche, que la abrace y no la suelte, que me perdona por no haberla protegido, pero que sabe que no ha sido culpa mía y que por eso debo dejar de sentirme culpable. A veces siento tanta ira que no quiere acercarse a mí, pero otras veces la abrazo y siento que la ayudo a sanar un poco, que simplemente quiere que la proteja de la parte enferma y dejar de sentirse sola, que quiere sentirse querida y que yo me quiera.

Tal vez me estoy volviendo loca.

No lo sé.

Solo sé que quiero sanar y dejar de vivir con miedo.

Solo sé que no me estoy rindiendo.

Solo sé que estoy aprendiendo a nadar.

Solo sé que...

Pude, puedo y podré.


domingo, 11 de octubre de 2020

Nublado

Poco a poco se está nublando mi ser. 

Poco a poco estoy viendo acercarse la oscuridad.

Poco a poco mis demonios van asomando.

La enfermedad mental es una montaña rusa llena de "loopings". A veces parece que va en línea recta y todo está en calma, hasta que llega una subida y, de repente, ¡pum! Llega la bajada, cuesta abajo y sin frenos, y te la pegas, si no haces nada para evitarlo te estrellas.

Llevo días en esa subida, aunque recién ahora he sido consciente de ello. Justo antes de llegar a la bajada, justo antes de perder(me). 

Desde que empecé a escuchar a mi cuerpo me siento peor, ha sido como si todo este tiempo hubiese estado anestesiada y ahora se hubiese ido el efecto. Es como si mi cuerpo hubiese dejado de hablar para empezar a gritar(me). 

Un grito de dolor, de rabia, de lágrimas. Un grito que provoca en mí pensamientos y emociones que me aterran porque ya los he vivido. Son el preludio a una (re)caída. 

En el camino de la recuperación aprendes a prepararte para esas recaídas, a saber cómo gestionarlas y levantarte, y yo acabo de comprender que no estoy preparada para caer, que mi lucha consiste en ir día a día, capeando mi propio temporal, tratando de atrapar el sol entre las nubes. 

Pero no estoy preparada para la oscuridad.

Y mira que no es algo desconocido para mí, éramos viejas amigas, hasta que entendí que la amistad no tenía que ver con eso y la convertí en enemiga. Sigo trabajando en el siguiente paso, en la comprensión de que tampoco es mi enemiga, sino una parte de mí que necesita ser aceptada y cuidada. Y para eso no estoy preparada, porque la rabia que siento no me deja aceptarla y otorgarle un perdón que supondría perdonar todo el daño que me he hecho, lo que más odio y temo de mí.

Por eso no puedo caer, aunque estoy tan cansada...

Me levanto cada día con la sensación de haber corrido una maratón, con mi cuerpo pidiéndome que vuelva a la cama, con el frío instalado en mi interior, con mis demonios dándome los buenos días. Y así sigue el día, cada vez más cansada, a pesar de dormir, a pesar de no hacer nada. Me siento, trato de estudiar, pero es como si mi mente estuviese embotada. Hago planes y una vocecita me dice que me quede en la cama, que no haga nada. Cada día trato de ignorar eso, de luchar por cambiar eso, pero mi cuerpo no me responde, mi mente no despierta de su propia pesadilla. 

Y entonces, después de varios días así, llegan un par de días que la energía vuelve, que el cansancio desaparece y pienso que ya todo va a estar bien. Pero no. A veces creo que es mi propia mente burlándose de mí, haciéndome creer que lo estoy logrando para luego retroceder y recordarme que no, que estar bien no va a ser una opción porque autoboicotearme es lo que he aprendido a hacer, lo que conozco. Puta zona de confort, que en realidad no es confort, es el infierno tabicado con el miedo a no poder controlarlo todo si salgo de ahí, el miedo a estar bien y que luego todo se vuelva a torcer. Y yo hace tiempo que me negué a quedarme ahí para siempre.

Llevaba días en la zona de "loopings". Dando volteretas a través de mi estado de ánimo, pasando del llanto a la alegría en poco tiempo y a veces sin que exista razón aparente para ese cambio.

Había tenido unos días buenos hasta que las nubes volvieron, pero no le di importancia, era lo habitual;  lo ignoré hasta que (me) escuché y vi que las nubes, que suelen ser blancas o grises, se estaban oscureciendo cada vez más. Y entonces reconocí la cima de la subida. 

He pasado tantos años disociando para evitar ahogarme con mis emociones que ahora que he comenzado a trabajar en serio para recuperarme es como si todo cayese sobre mí de golpe. Siento que mi casa me ahoga, que la rabia me inunda y que todos mis sistemas de alerta me gritan que huya, que salga de este círculo tóxico para poder trabajar en mi recuperación. Porque si algo sé es que sanar implica dolor y enfrentarte a la tarea de sanar en un ambiente que es el causante de parte del problema, es agotador. 

Nunca he dicho que yo no tenga la culpa de nada, al contrario, me creía la culpable de todo, pero con ayuda empecé a ver que no era así, que yo soy responsable de mis decisiones, pero no responsable de las de los demás, y si esas decisiones ajenas me perjudican lo único que puedo hacer es gestionar ese daño de una forma sana. Y es precisamente esa gestión del daño que deben enseñarnos conforme vamos creciendo, la que a mí nadie me enseñó o, al menos, la que nadie me enseñó de forma sana. Y de eso... de eso no soy culpable, y entenderlo me produce rabia y la rabia hace que me sienta mal. ¿Y por qué? Porque la rabia no se controla, mientras que la culpa sí, y mis demonios quieren control.

Llevo días que noto que las lágrimas ya no son para aliviarme sino que se han vuelto amargas, llenas de autoreproches y críticas, llenas de defectos y de ideas que pensaba que había enterrado. 

Estoy justo ahí, en la bajada. A un paso de la oscuridad de la que tanto me costó salir, por la que tanto perdí. Y en mi mano está coger carrerilla y volar hasta el otro extremo de la montaña rusa, ese que va en línea recta y cuyos baches son salvables. Estoy tan cansada que temo que el salto no sea lo suficientemente grande y caiga. 

Y otra vez el miedo... El puto miedo.

Y a pesar de todo, voy a saltar y voy a dejarme caer. O, mejor dicho, tropezar.

Y en el tropiezo voy a poner distancia con este lugar, voy a darme ese descanso que tanto lleva mi cuerpo pidiendo, voy a llorar hasta que todo mi interior se limpie y las nubes negras se destiñan a grises... Voy a aceptar y tratar de abrazar mis demonios, rindiéndome a esta oscuridad sin tratar de luchar porque ya no tengo fuerzas, aunque mi mente me grite que no lo haga, que haciendo eso voy a caer tan hondo que no sabré encontrar el camino de vuelta. Voy a escuchar cada pensamiento negativo que me asalte, dejando que me invada de todas esas emociones que suelo reprimir, para después aceptarlo y reestructurarlo con el razonamiento. Y todo esto va a doler, pero ya no puedo seguir ignorándome, ya no tengo fuerzas para luchar, y eso no quiere decir que me esté rindiendo, sino que a veces es necesario perder el equilibrio para volver a encontrarlo. A veces es necesario parar y tropezar para evitar una caída hasta el infierno, por mucho miedo que me dé, por mucho que sepa que la enfermedad está lista para atraparme de nuevo y caer bien hondo.

Y, cuando el salto acabe, cuando esté a punto de rozar el suelo después de tropezar, las nubes dejarán entrar la luz y tendré la opción de volver a esa lucha que ya ni siquiera es lucha sino aprendizaje cuyo fin es la aceptación y amor a mí misma, la unión de todas esas partes de mí que tanto llevan enfrentadas y el fin de la enfermedad, o rendirme y seguir haciéndome daño. Y mi elección será agarrarme a la vida, incorporarme de nuevo con todo lo aprendido en ese salto para seguir sanando hasta lograrlo por completo, para que la próxima vez que la oscuridad venga (porque a todos nos asalta de vez en cuando) sí esté preparada y construya un puente que evite la caída, un puente que me dé la seguridad de que si tropiezo no seguiré cayendo y se hará más fácil levantarse. 

¿Puedo estar tan segura de saber qué opción escogeré? 

Lo estoy. Porque, aunque no esté preparada para enfrentarme a la caída, sí lo estoy para evitarla, ya no solo la parte enferma es la que habla en mí, sino que ahora también escucho otras partes, pedazos de mí que han aprendido, que han madurado y que me sostienen, evitando que el tropiezo se convierta en caída. 

Abrazos a todos y no olvidéis que sanar nunca es lineal pero que hasta las pequeñas cosas pueden ayudar, incluso este desahogo ha hecho que mi interior se calme un poco y que el frío retroceda.

Recordad: pudimos, podemos y podremos. 



jueves, 17 de septiembre de 2020

Débil

 No sé ser fuerte, por más que me empeñe. Alguien fuerte lo es en todos los sentidos pero yo no sé cómo serlo.

No siempre he tenido una personalidad tan quebradiza, pero ya no recuerdo apenas a mi yo del pasado que conquistaba montañas. Ese yo se lo entregué a la enfermedad y nunca ha vuelto. 

Ahora mismo mi mente es un caos que me dice que todo lo hago mal, que soy débil. Esa sensación de no poder seguirle el ritmo a la vida, a los que te dan vida, de estar siempre dos pasos por detrás.

Esa asquerosa sensación cuando tu cuerpo te recuerda que no está bien, que tiene más límites de los que dejas ver y que da igual los planes, que vas a tener que poner "peros" y hacer que otros se adapten, sintiéndote culpable por ello.

Estoy llena de miedos y de defectos, lo sé, pero no lo acepto, me niego a ser así siempre. Y en eso dicen que está la clave, en intentarlo día a día. 

He llorado tanto que ya perdí la cuenta. Y es que la depresión aparece cuando menos lo esperas, como si hubiese estado acechando tras las risas para asomar y pillarte por sorpresa, para que veas que sigue contigo. 

He pasado unos días buenos y, sin previo aviso, llegan las lágrimas, llega el malestar y la oscuridad y no he podido retenerlos. Queda mucho trabajo por hacer y voy a seguir en el camino, eso no lo he dudado en ningún momento, pero a veces necesito caer para volver a encontrar el equilibrio, a veces necesito un abrazo de esos que mantienen todas las piezas que te forman en su sitio, que son hogar.

A veces el enfado conmigo misma por haberme hecho tanto daño es tan grande que solo quiero gritar, aunque de nada sirve.

A veces cuesta ver la luz, pero está.

Un abrazo a todos los que lo necesitáis, a todos los que seguís tratando de amaros y de dejar de luchar contra vosotros mismos.