miércoles, 2 de octubre de 2024

Abrazos sinceros

Dicen que los abrazos más sinceros ocurren en los aeropuertos, las estaciones y los hospitales. 

El viernes fui a esperar a mis padres a la estación y, debido a un retraso de su tren, me tocó esperar media hora. Lo que se presentaba como una espera aburrida terminó siendo emocionante para mí, ya que mientras esperaba sentada me dediqué a observar a las personas que tenía a mi alrededor.

No sabría decir cuántos reencuentros presencié, ya que había bastante gente, pero sí puedo asegurar que eran abrazos de esos que te tocan el corazón.

Unos niños corriendo hacia sus abuelos que los esperaban ansiosos, un niño gritando "mamá" al ver a su madre salir del tren, una pareja que se fundía en un abrazo mientras se decían lo que se habían extrañado...

Pero también presencié la otra cara: la de las despedidas.

Un grupo de amigos que habían coincidido para sus vacaciones y ahora regresaban a su hogar, una niña abrazada a su padre vestido con uniforme militar y una chica llorando incapaz de soltar a su pareja.

No pude evitar sonreír al recordar todas las veces que lloré en una estación de autobús en los últimos años y cómo ha cambiado todo desde entonces.

Tampoco puedo evitar un nudo en la garganta al traer a mi memoria los recuerdos de los abrazos dados en hospitales, esos que nunca quieres tener que dar ni recibir pero que van llenos de dosis de cariño, apoyo y comprensión.

Por suerte, hace bastante que no doy uno de estos últimos y que no tengo que despedirme por un tiempo que se hace eterno en estaciones, aunque esto me ha demostrado que el tiempo es relativo y que cada persona lo vive de distinta forma.

Todavía sigo llorando a veces en una estación, a pesar de saber que volveré en un par de días, y aún me sigo emocionando al recordar cuando subía del andén al vestíbulo de la estación y veía unos brazos listos para rodearme en un abrazo lleno de calidez.

Pienso en cómo ha cambiado mi vida desde entonces, pero a su vez en cómo hay cosas que se mantienen constantes. Puede que ahora el vestíbulo esté vacío, pero fuera hay un coche y, dependiendo del día, una o dos personas esperando para llevarme a casa sin darse cuenta de que en cuanto subo a ese coche y veo sus rostros ya estoy en casa 

Puede que, a fin de cuentas, no tenga tanto que ver con el lugar, sino con quién te espera al otro lado para abrazarte y recordarte el significado de la palabra hogar.

viernes, 31 de mayo de 2024

Tiempo

Siempre he escuchado decir que "el tiempo es oro", pero hace un par de semanas leí en un muro la frase "ya le gustaría al oro ser tiempo".

También se dice que "el tiempo vuela". Como si fuese un parpadeo, agua escurriéndose entre las manos.

Y así es.

El tiempo es algo que nunca vuelve, eso que a veces pasa y ni nos damos cuenta de que está ahí y, en cambio, otras veces podemos percibirlo como el tic-tac de un reloj en nuestro oído, como una cuenta atrás.

Eso que a veces parece que sobra y otras que aprieta y ahoga. Eso que no se detiene por nada ni por nadie.

Muchas veces vivimos en automático y no nos paramos a mirar a nuestro alrededor, a reflexionar sobre el uso que le damos a nuestro tiempo o sobre en qué o quién lo invertimos o gastamos.

Hace unos días le daba vueltas a todo esto pensando que iba a cumplir 30 años y que mi vida no se parecía en nada a la que hace unos años imaginaba que tendría cuando cumpliese los 30, y eso me generó sentimientos encontrados: ¿por qué ponerme una edad como meta? ¿Por qué hacer el balance ahora? ¿Iba a cambiar algo del domingo con 29 al lunes con 30? ¿No haber conseguido los objetivos que me puse en un momento vital totalmente distinto es un fracaso?

La verdad es que no, no cambia nada ni supone un fracaso. Me he dado cuenta de que no quiero verme dentro de unos años pensando que me faltó tiempo para reír, para abrazar, para decir te quiero o, incluso, para llorar. Tiempo para probar y acertar o fallar. Tiempo para disfrutar de los míos. 

Tiempo para vivir.

Ahora estoy pensando en la frase de aquel muro que leí mientras paseaba y, sí, el tiempo es tan valioso que ya le gustaría al oro ser tiempo.

martes, 12 de septiembre de 2023

Mientras (me) olvidas

Quisiera poder detener el tiempo. Agarrar las agujas del maldito reloj e impedir que las horas avancen, que los segundos dejen paso al olvido.

Te marchas, tu mente vuela lejos de mí y cada vez me cuesta más traerte de vuelta. Trato de atrapar tus recuerdos pero estos se escapan entre los huecos de tu memoria mientras yo me quedo aquí, deseando poder encontrar algo que me permita ganar una guerra que desde el minuto uno estaba perdida.

Mientras (me) olvidas me quedo observando impotente como tu luz se apaga, como dejas de ser tú, sin entender porqué está pasando esto, queriendo cerrar los ojos y ser yo la que olvide que esto es real. Imaginar que es una pesadilla y que cuando despierte nos quedará todo el tiempo del mundo por delante para crear recuerdos que no se desvanecerán a cada rato.

Te asustas de la oscuridad que empieza a habitar en tu memoria y me pides respuestas que no tengo. Soluciones que aún están por inventar. Busco en mí una valentía que tal vez nunca existió, una fuerza que se resiste a aparecer, una versión de mí misma que me permita ser ese soporte que ahora necesitas, ese faro en medio de las brumas de tu olvido.

Mientras (me) olvidas me he convertido en una atesoradora de recuerdos que vive con el miedo de dejar escapar algo, de arrepentirse de no haber exprimido cada minuto de este tiempo de descuento.

Mientras (me) olvidas maldigo a esta enfermedad, le grito que no es justo y trato de mantener en tu memoria todo lo que me has enseñado. Nuestras excursiones, nuestra parada obligatoria en el kiosko, las patatas en la comida, las mañanas en el videoclub y las tardes de películas, esas que me grababas y que yo luego veía una y otra vez. 

Los discos sonando en el coche, esos que tanto odiabas pero que por verme cantando feliz ponías una y otra vez hasta que terminábamos cambiando a Fondo Flamenco y RBD por The Beatles y entonces era yo la que disfrutaba de tu sonrisa.

Las calles de Bilbao llenas de anécdotas de tu infancia, esas que rescatan tu acento vasco y ponen un brillo especial en tu mirada. Las vacaciones en el camping, visitando lugares junto a ti. Los paseos en coche, siempre dispuesto a llevarme porque eso significaba vernos. Tu preocupación y tus abrazos cuando estaba perdida, tus preguntas y tus consejos siempre tratando de ayudarme.

Tus chistes malos y tu risa aunque fuese la décima vez que los escuchabas.

Las llamadas diarias a las dos y los te quieros al colgar...

Toda una vida. 

Y yo tratando de ganarle el pulso al tiempo hasta que mi nombre desaparezca de tus labios. Hasta que olvides quién soy o quién eres tú. Hasta que olvides qué significa nuestro te quiero del mediodía.

Pero a pesar de todo esto sé que hay algo que nunca podrá arrebatarme tu enfermedad, y eso es mi propio recuerdo. Todo lo que significas para mí, todo lo que hemos vivido.

Me olvidarás pero yo seguiré recordando que eres una de las personas que me dio la vida.

Olvidarás que me quieres y que te quiero pero yo no dejaré de hacerlo por los dos.

Dejarás de pronunciar mi nombre pero seguiré sosteniendo tu mano entre las mías y te guiaré cuando olvides el camino.

Mientras (me) olvidas yo tejeré una red para sostenerte, guardaré tu memoria como un tesoro y recordaré por los dos.

Mientras (me) olvidas te abrazaré fuerte para mantenerte aquí conmigo, robándole al tiempo todos los momentos que pueda.

Mientras me olvidas yo te recordaré, papá.


sábado, 20 de mayo de 2023

Hablemos de miedos...

 Miedo.

Una emoción que debe ser funcional pero que me lleva acompañando desde hace tanto que ni recuerdo. 

Antes pensaba que era parte de mí, como siameses o como una simbiosis en la que su papel era el de protegerme. Y en cierta manera es así, solo que es un tipo de protección que lo convierte en un parásito que todo lo destruye.

Miedo a perder, a ser rechazada, a no gustar, a hacer algo mal, a hacer sentir mal, a hacer ruido... Esa es la falsa protección, un intento imposible de ser perfecta que lo único que ha hecho es volverme egoísta y que todo se resuma en miedo a vivir.

Y estoy tan cansada...

Que lo único que quiero es cerrar los ojos y apagar mis pensamientos, esos que a veces corren tanto como las gotas de lluvia en una ventana. Parece que estén escapando... Y yo también quería escapar. 

Sí, en pasado. 

Porque me di cuenta que no hay escapatoria posible de mí misma y que lo mejor era sentarme con mi miedo y que hablásemos de tú a tú, con las cartas sobre la mesa y sin reproches.

Qué fácil suena cuando lo lees... Porque hasta ahora me he limitado a dejar que me susurre siendo consciente de la caída en picado que me estaba suponiendo y sin hacer nada más que poner parches de vez en cuando para bajar la velocidad, como una espectadora más a la que alguna vez le da por ayudar. 

Disociación lo llaman... Y es una zona de confort que a veces salva y que puede ser hasta cómoda, pero de la que hay que salir cuanto antes. Y yo esta vez no he salido por mí misma, sino que he dejado que los diques de contención de mi mente se resquebrajen hasta casi romperse, dejando salir tantas fugas que es imposible taparlas.

Y por una vez no quiero... Por una vez he tenido que parar, pero parar de verdad, y atender lo que mi cuerpo me estaba diciendo. Y ahí es cuando he conocido otro tipo de miedo que ha hecho que todo desaparezca. 

Un miedo físico, real y objetivo, acompañado de un dolor que hacía que el resto dejase de importar. Y no es que el otro miedo no sea real, porque lo es, es que el otro miedo no es objetivo, no tiene una razón de ser actualmente, aunque sí la tuviese en el pasado.

Y por eso decidí hablar con él:

"Hola miedo, soy yo. Somos yo. Y me estás (estoy) destruyendo. Este nuevo miedo me ha hecho comprender el daño que me haces, me ha hecho sentir viva y con fuerza para cuidarme, que es todo lo contrario a lo que tú me haces sentir. Sé que me quieres proteger pero lo único peligroso que hay en mi vida ahora mismo eres tú. Y necesito que me sueltes y me dejes volar. Sé que todo lo que temes sucedió en el pasado, pero sobrevivimos. Y lo volveremos a hacer si hace falta. Te agradezco toda la protección pero ya no la quiero, porque me estás impidiendo ser yo misma, disfrutar de lo que tengo y ser feliz. Y porque si seguimos así no habrá vuelta atrás y me perderé a mí misma, me estás destrozando... 

Y por eso he decidido decirte adiós y no esperar que lo entiendas, porque eso no funciona, sino echarte, arrancarte de mí y dejarte ir".

Al miedo esto no le gusta, se resiste, aprovecha que estoy cansada, pero olvida que soy terca y que estoy decidida. Ojalá decir que ha sido como arrancar una tirita, pero no es así de fácil. El miedo sigue ahí, solo que ahora lo ignoro en la medida de lo posible y dejo que los diques se rompan, que aparezca la tristeza y limpie todo a su paso dejando paso a la calma. Me permito llorar porque tiene que salir, igual que me he permitido parar porque mi cuerpo lo necesitaba y mi mente lo suplicaba. 

Paso a paso, un pensamiento cada vez y permitiéndome fallar y tropezar, aunque no caer. Ya estoy caída, ahora toca levantarse y sanar unas cuantas partes de mí que necesitan ser escuchadas y mimadas desde hace mucho tiempo, y me permito también abrir heridas para perdonarme, perdonar errores de hace mucho que se han enquistado y que tienen que sangrar y doler para sanar, pero doler de forma efímera, no como un regodeo en el barro. 

Y, por último, me permito salir de mí y escuchar a los demás, disfrutar de la gente que me rodea y que me quiere, de las pequeñas cosas, salir a la vida, ser feliz... Y disfrutar del simple hecho de poder caminar.

Y después...

Lo que venga después da igual. 


martes, 6 de diciembre de 2022

Siempre tuya

 Ya no estás. 

Y todavía no me lo puedo creer. 

El único consuelo es saber que estás con otros dueños que te van a cuidar. 

Pero ya no estás conmigo. Ya no puedo oírte ladrar, bajar a abrazarte, sentarme para que coloques tu cabeza en el hueco de mi brazo y te subas encima para luego acurrucarte, pasar las horas hablándote o simplemente en silencio, dejar que me consueles cuando todo se tambalea, jugar contigo o verte saltar de alegría cuando me ves.

Te has ido. 

Y no paro de repetírmelo, y cada vez duele más. 

No he podido despedirme, no he podido decirte que no estaba en mis manos hacer que te quedases, que no te estoy abandonando, que lo que para muchos es "solo un perro", para mí ha significado familia, porque eso es lo que has sido, familia. Un pilar fundamental en mi vida, un apoyo lleno de amor y lametones. 

Nunca has sido mía, pero yo siempre fui tuya. Y siempre lo seré.

Y por eso haré todo lo posible para volverte a ver, aunque sea una vez más.

Te quiero pequeña, ojalá seas tan feliz como lo has sido estos 6 años que hemos estado juntas. 

Hasta que nos volvamos a encontrar, Tesis 💚🐾✨





jueves, 24 de noviembre de 2022

Perdida y agotada, pero LIBRE

 Estoy en una de las épocas más cambiantes y complicadas de mi vida, una época de tomar decisiones difíciles para poder avanzar en mi proceso de cambio hacia la versión de mí que quiero ser. No sé muy bien quién soy ahora, me encuentro con un "yo" que no reconozco, una Andrea que por fin ha salido de todo lo que supuso el TCA, encontrándose con una depresión después y que ahora anda perdida, intentando recomponer todas esas partes que después de tantos años de lucha están desperdigadas. Tal vez esa sea la definición perfecta: perdida. Y agotada en cierto modo. Han sido casi 15 años luchando contra un trastorno que casi me destruye por completo, 15 años de maltrato hacia mí misma, de autoboicot, de odio. Pero he salido del infierno y ahora más que nunca cobra sentido la frase de tocada pero nunca hundida, porque tocada estoy un rato. Y es que el trastorno y un pasado solo procesado a medias han dejado marcas en mí, heridas profundas que he decidido curar. Y para curarlas he tenido que abrirlas por completo y dejar que sangren. Y eso duele. Mucho.

No sé si lo estoy haciendo en el momento más adecuado pero sí tengo claro que es ahora o nunca, y ese nunca significa quedarme con esta versión de mí que tan poco me gusta. 

Tengo tantos frentes abiertos que siento que no puedo asumir más, pero siempre se puede, aunque conforme añado más cosas voy sintiendo que estoy llegando a mi límite, un límite que no tengo claro dónde está ni qué pasará si lo rebaso.

Prometí cuidar a mi niña interior y no pasar por encima de mí misma nunca más y sigo incumpliendo mi propia promesa. He mejorado, sí, pero no es suficiente.

El hecho de tener que tomar decisiones difíciles hace que me agote, pensando en todas las posibilidades. Y sí, sé que lo ideal sería no anticipar nada, pero necesito sentir cierto control, cierta seguridad, para mí todavía es pronto para saltar sin mirar si abajo hay agua o cemento, todavía necesito tener cuidado, todavía existe ese miedo a que la recuperación sea un sueño y caiga de nuevo.

Y aún así, a pesar de todo esto, a pesar de que no sea fácil, a pesar de sentirme agotada y perdida, por primera vez en 15 años siento que el control de mi vida lo tengo yo y no la enfermedad. 

Y eso, por mucho que duela a veces, es liberador.


viernes, 29 de julio de 2022

Vínculos

Según la RAE, un vínculo es "una unión o relación no material, especialmente la que se establece entre dos personas", y eso es lo que he hecho estos cuatro últimos meses: formar vínculos, en este caso, terapéuticos. 

Han sido cuatro meses de prácticas, de descubrir muchas cosas de mí misma y, sobre todo, de aprendizaje, aunque en este caso creo que a pesar de haber aprendido mucho de mis colegas, las que más me han enseñado han sido las pacientes. No voy a mentir diciendo que fue fácil, porque no ha sido así, ha habido momentos duros, momentos de verme reflejada, de estar tan cerca de la enfermedad que su voz volvía a susurrar en mi mente y tenía que luchar para callarla. Momentos de miedo, de pensar que no podría dedicarme a esto, que la enfermedad volvería si lo hacía. Pero no ha sido así, he podido negarle de nuevo la entrada a mí vida y he podido seguir, aunque creo que por fin he dado con la respuesta a si esto tiene cura... Bien, la respuesta para mí es sí pero no. Me explico: considero que estoy curada pero sé que la enfermedad sigue ahí, unida a mí por un hilo casi inexistente que se niega a romper (o tal vez me niegue yo, no lo sé). Así que hoy por hoy mi respuesta es esa; sé que vivo sin ella pero que a veces volverá a susurrar(me) y tendré que expulsarla lo más rápido posible para impedir que se haga fuerte otra vez. Claro que esto solo es mi realidad, no es una verdad universal y cada persona es un mundo.

Esta es sólo una de las muchas preguntas que estos meses he podido responder(me) y, al hilo del título del post, si tuviese que quedarme con algo, sería con los vínculos que he ido formando con las pacientes y con algunas compañeras.

He visto a las pacientes reír, llorar, enfadarse, tirar la toalla y luchar, sobre todo luchar. Me he sentido frustrada, preocupada, orgullosa y mil cosas más que nunca imaginé. Son unas guerreras, algunas de ellas unas niñas todavía, que han tenido que madurar demasiado pronto y en muchas ocasiones a base de golpes, tanto físicos como emocionales. He tenido el honor de estar en una parte de su proceso, de ver cómo se abrían a mí, de abrazarlas incluso, porque a veces a pesar de que esto sea una relación terapeuta-paciente, el abrazo es necesario y sana más que las palabras. He estado en sus días buenos, esos en los que tanto me han hecho reír, me he sentido cuidada también por ellas con sus preguntas sobre qué tal estaba y me han hecho sentir que a pesar de su lucha les importaba mi respuesta.

Pero también he vivido la otra cara, la de la enfermedad. Sus malos días, la ansiedad y desesperación, las lágrimas, el dolor y sus "no puedo más, no quiero seguir", esos en los que yo tenía miedo por un momento, miedo de que fuese verdad aunque todo en mí gritaba que sí podían, que solo tenía que sostenerlas mientras encontraban la fuerza para levantarse. Y qué frustración genera eso, el no poder hacer que se vean a sí mismas como las vemos el resto: mujeres fuertes, valientes, valiosas, inteligentes y hermosas por dentro y por fuera, con una capacidad inmensa para brillar con luz propia que aún tienen que descubrir; mujeres que tienen mucho que aportar al mundo, pero a las que la enfermedad tiene cegadas, como si el TCA fuese una araña y ellas la presa atrapada en la tela, una tela suave que parece incluso bonita, pero cuya verdadera cara es todo lo contrario, es la destrucción en estado puro. Me pongo a pensar y recuerdo que yo estuve presa de esa araña, que esa tela fue mi refugio durante demasiados años, tantos que sé que las consecuencias las voy a arrastrar siempre. Y me gustaría ahorrárselo, salvarlas de todo eso, pero sé que no puedo, que es su lucha y que inevitablemente van a sufrir, aunque sí he podido acompañarlas y sostenerlas durante estos meses cuando caían agotadas, cuando necesitaban un respiro de la guerra interna que libran, una escapatoria de los demonios que habitan su infierno personal. Y me siento satisfecha de saber que lo logré, de haber podido tener con cada una de ellas esa última conversación sin las limitaciones que supone ser su terapeuta, esa despedida tan necesaria y en la que pude abrirme por completo y decirles que yo sí creo en ellas, que saldrán de esta y que les doy las gracias por haberme dejado entrar en su mundo, en su enfermedad; y no sabéis lo satisfactorio que es escuchar que les has dado fuerzas, que lograste espantar a sus demonios más de una vez, y ojalá pudiese acompañarlas hasta el final, pero no es posible, así que solo me queda darles las gracias: gracias, chicas, no creo que lleguéis a leer esto, pero sois fantásticas y ojalá algún día, más pronto que tarde, os deis cuenta de que tenéis la fuerza y la capacidad suficiente para derrotar al monstruo del TCA y salir al mundo con esa luz que brilla en vuestro interior y que, aunque débil a veces, sigue parpadeando, luchando sin cesar.